Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

 

 


 

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Art. "EN FIN, ¿QUÉ ES EL ESPIRITISMO?". Por Ricardo Nunes
 
Siempre vale la pena reflexionar sobre la naturaleza epistemológica del espiritismo ante tantas confusiones conceptuales que se han generado sobre el tema a lo largo de la historia.
En el presente artículo, intentaremos explicar de manera sucinta nuestra comprensión acerca de la naturaleza de la doctrina fundada y codificada por Allan Kardec, en busca de mayor comprensión sobre la identidad frente al mundo de la cultura y del conocimiento.
El espiritismo es, por encima de todo, una filosofía espiritualista que abre perspectivas hacia la investigación científica y que tiene consecuencias religiosas, morales y sociales.
Según Allan Kardec, el espiritismo no es ninguna religión. En términos sociológicos e históricos, se volvió más una religión, aunque esa no fuera la intención de Kardec.
Para comprender tal hecho, basta acompañar las definiciones del maestro lionés a lo largo de su obra.
No obstante, el espiritismo, sin ser una institución religiosa, genera consecuencias religiosas, en el sentido de reafirmar un sentimiento de reverencia por la creación, por el ser, por el cosmos, por el todo.
Al ser humano toparse con la complejidad de lo real, desde el microcosmos hasta el macrocosmos, desde los átomos hasta las galaxias, desde el mundo físico hasta los planos extrafísicos, le embarga un sentimiento de espanto y admiración que lo lleva a buscar sintonía con la causa primaria de toda la realidad, la cual designamos Dios.
El espiritismo es una filosofía espiritualista porque presenta una visión racional de un mundo no materialista, ya que comprende al hombre como un compuesto de espíritu y materia, y apuesta a la supervivencia del espíritu después de la muerte del cuerpo.
El espiritismo, es, por ende, una cosmovisión de la realidad que busca la comprensión racional del ser, del hombre y del mundo.
Busca reflejar en su corpus doctrinario, el campo de la ontología, de la ética, de la metafísica, de la teoría del conocimiento, del pensamiento social, a la vez que enfrenta otras áreas importantes de la reflexión filosófica.
El espiritismo abre perspectivas para la investigación científica, toda vez que realiza un abordaje, no solo racional, sino también empírico, a través de la observación rigurosa, así como de la experimentación, de un conjunto de fenómenos, antes tenidos como misteriosos o sobrenaturales, y que fueron relegados a lo largo de la historia al ámbito del fraude o de la superstición.
La filosofía espírita nació justamente de la observación de estos hechos, en los cuales el propio objeto de estudio se autodenominó como son los espíritus: almas de hombres y mujeres desencarnados que se comunican a través de médiums.
Incluso en lo que respecta a los llamados fenómenos espíritas, que no son más que los fenómenos de la naturaleza, Allan Kardec, a través de una investigación rigurosa, descartó preliminarmente la posibilidad de que tales hechos tuvieran un origen meramente físico o mecánico, tras haberse convencido de su origen inteligente.
Esta conclusión de Allan Kardec se aproxima al concepto de descubrimiento científico, ya que mediante la observación de innumerables apariciones mediúmnicas, Kardec se decantó por la existencia de los espíritus.
La existencia de los espíritus y del mundo espiritual no eran ideas preconcebidas del investigador Rivail(1) , que, inicialmente, al oír hablar de espíritus que se manifestaban por medio de mesas giratorias, demostró escepticismo, aun cuando no se negó a investigar aquellos intrigantes incidentes.
En consecuencia, sobre estos fenómenos físicos e inteligentes provocados por los espíritus, es posible hacer ciencia, pues ellos se presentan como objetos de estudio.
Obviamente, es necesario encontrar los caminos metodológicos adecuados a la investigación de esta amplia gama de fenómenos.
En la estela de las investigaciones espíritas surgieron la metapsíquica y la parapsicología, entre otras disciplinas, con miras a abarcar esta nueva fenomenología como respuesta a la original iniciativa espírita.
La filosofía espírita se desdobla en consecuencias morales.
La perspectiva ética del espiritismo tiene que ver con que el ser humano se replantee su presencia en el mundo y su relación con el prójimo.
Apunta a una moral autónoma, no heterónoma, ya que le enseña al hombre que debe asumir la responsabilidad por sus actos.
El hombre, en la concepción espírita, no debe actuar por temor al castigo divino, sino en obediencia a los dictámenes de su consciencia, la cual le indica lo que está correcto y lo que está errado.
Actuar conforme a la voz de la conciencia, según el espiritismo, es el camino más corto para el que el hombre alcance la felicidad en este mundo.
Finalmente, el espiritismo tiene consecuencias sociales.
Sabemos desde los tiempos de Aristóteles que el hombre es un animal político y social.
Es en la sociedad, donde vivimos y nos desenvolvemos, por consiguiente, las consecuencias morales de la filosofía espírita repercuten necesariamente en la vida social.
No es posible hacer una separación entre individuo y sociedad.
El hombre es un individuo que vive en sociedad.
En consecuencia, en la concepción espírita, no es posible comprender al ser humano apartado del grupo social, en una concepción individualista y egoísta.
Al aceptar en lo más íntimo de nuestro ser los valores éticos del espiritismo que apuntan a la importancia del amor, de la bondad, de la fraternidad, de la caridad, de la libertad y de la justicia social, debemos tener la capacidad, en tanto espíritas y movimiento espírita, de traer tales valores a la sociedad en que vivimos en aras de transformarla para lo mejor.
Traducción: Conchita Delgado Rivas CIMA - Caracas
(1) Hippolyte Léon Denizard Rivail, nombre de pila de Allan Kardec
Por Ricardo Nunes - Brasil
Traducción al español publicada en la revista Evolución. Venezuela Espírita. Revista del Movimiento de Cultura Espírita CIMA. 2ª Etapa. Nº3. Sep / Dic 2018

sábado, 1 de agosto de 2020



La Palavra de CEPA

HACIA UNA ESPIRITUALIDAD LAICA
Jon Aizpúrua
Ex-presidente de CEPA (1993/2000) y actual Asesor de
Relaciones Internacionales


Se denomina laicidad a una concepción de la vida en la
que se aboga por la ausencia de religión oficial en la dirección
de los Estados, y por laicismo se entiende al movimiento
histórico que reivindica la implantación de la laicidad.

Sobre la base de sus fundamentos humanistas, sociológicos y morales, se asume que la
laicidad establece un vínculo común entre las personas y facilita el que ellas convivan
respetuosa y cordialmente, procesando sus diferentes opiniones en un ámbito civilizado, de
libertad e igualdad. Los principios laicos de libertad de conciencia, de pensamiento, de
expresión y de organización; la igualdad de derechos y obligaciones, así como la justicia
social, constituyen la esencia misma del sistema democrático.
Conviene advertir que un Estado laico, y por lo tanto, aconfesional, no significa que
sea antirreligioso o ateo. Toda creencia religiosa es respetable y debe siempre garantizarse a
sus adeptos el derecho de vivirla íntimamente, compartirla con quienes se desea y difundirla
sin restricciones. Diferente es el clericalismo, y sus pretensiones de gozar de privilegios
especiales en el ámbito social, situarse por encima o al margen de la normativa civil o
jurídica, o imponer criterios teológicos en asuntos morales, científicos o educativos.
Afortunadamente, una porción considerable de la humanidad ha evolucionado hacia
una concepción laica que coloca en sus justos términos la relación entre el mundo civil y el
religioso, los Estados y las Iglesias. En el mundo occidental, con mayor fuerza, se vive cada
vez más en una sociedad postcristiana. Este tipo de sociedad se inició en Europa a partir del
Renacimiento, se convirtió en un proyecto con la Ilustración, se generalizó a las masas
cristianas en la segunda mitad del siglo XX y se fue extendiendo hacia América y hacia otros
países influenciados por la cultura occidental. Desde un punto de vista sociológico, no tanto
religioso, estas sociedades pueden calificarse de postcristianas, lo cual quiere decir que la
cosmovisión basada en el cristianismo, alrededor de la cual giró la vida individual y social
durante siglos, va dejando de ser su columna vertebral. Ese cambio progresivo de
cosmovisión en la tradición cristiana occidental se fue manifestando en muchas expresiones
culturales que están siendo transformadas o abandonadas:
Las fiestas religiosas determinaban el calendario civil y laboral. Ahora se han
eliminado la mayoría de ellas, aunque siguen siendo muy importantes la Navidad y la Semana
Santa, no tanto en sentido religioso, sino más bien como ocasión de vivir en familia y
oportunidad para las vacaciones en los campos y las playas. Lo mismo ha ocurrido con las
fiestas patronales de las localidades pequeñas, que estaban dedicadas a un santo y que ahora
son apenas el motivo para celebraciones civiles y folklóricas.
Los nombres que los padres asignaban a los hijos estaban tomados del calendario
cristiano. Ahora se les ponen nombres inventados surgidos de combinaciones originales,
muchas veces extrañas e incluso impronunciables.


Muchas manifestaciones públicas como procesiones, romerías o peregrinaciones, se
han ido despojando de su original sentido religioso y se van convirtiendo en fiestas folklóricas
y populares, que suelen ser aprovechadas por los líderes políticos para promocionar su imagen
personal con fines electorales.
- En muchos países de la órbita cristiana, el registro eclesiástico de bautizos y
matrimonios era utilizado por los Estados como registro civil. Hace mucho tiempo
que ambos registros obedecen a propósitos diferentes y solo el civil es obligatorio y
posee efectos legales.
- Los signos religiosos cristianos, como el crucifijo o el juramento por la Biblia, eran
frecuentes en el ámbito público como escuelas y edificios de gobierno. Cada vez más
se impone la tendencia a suprimir cualquier exhibición religiosa pública, y disminuye
la asistencia de las autoridades civiles a los actos religiosos, reservándose nada más
que para aquellos que son de especial solemnidad.
- La moral establecida por los cultos cristianos imponía las reglas para el
comportamiento de los ciudadanos. Actualmente se discuten, se cuestionan o se
rechazan muchos de esos criterios y comportamientos, especialmente en el ámbito de
la sexualidad y de la legítima diversidad de opciones que cada persona tiene derecho
a elegir sin ser discriminada o estigmatizada.
- El lenguaje religioso ha perdido actualidad, pertinencia y relevancia social. Palabras
y expresiones como pecado, cielo e infierno, salvación, culpa, penas eternas, castigos
divinos, etc. han ido desapareciendo del lenguaje corriente y circunscribiéndose a los
actos de culto.
- En materia educativa pública, ya no se discute la primordial competencia del Estado,
quedando reservada la enseñanza de la religión al ámbito familiar y de las
organizaciones eclesiásticas.
- “Creyentes pero no practicantes” se declaran muchos hoy en día. Este es otro rasgo
de la sociedad postcristiana que merece atención. Se expresa de muchas formas: “Yo
creo en Dios, pero no en los sacerdotes”, “yo me confieso directamente con Dios, no
con un hombre”, “la Iglesia coarta mi libertad”, etc. En estas y otras manifestaciones
se refleja una especie de alergia o rechazo a las instituciones eclesiásticas.
- Otro rasgo importante de la sociedad postcristiana es la separación entre confesión
religiosa y organización política y social. La libertad de cultos se ha impuesto en los
países modernos, y como consecuencia, el catolicismo y otras religiones cristianas
dejan de gozar de privilegios y prebendas por parte de un Estado que se declara laico.
Un gobernante, incluso todos los miembros de su gobierno, pueden ser creyentes,
pero su fe es un asunto personal y no la pueden imponer al resto de la sociedad.
Como es bien sabido, el espiritismo, desde sus inicios, a partir del acto fundacional
que significó la aparición de El Libro de los Espíritus en 1857, enarboló la bandera del
laicismo, resaltando el valor irrenunciable de la libertad que permite a cada ser humano
ordenar sus creencias en materia de religión, de fe, de trascendencia, conforme a los dictados
de su razón y sin temor a ser condenado, castigado, anatemizado o perseguido.
Claro está que el laicismo en el que se inscribe el espiritismo posee una base
inequívocamente espiritualista. Muy distanciado de un laicismo materialista y ateo que
promueve la indiferencia frente a las preguntas radicales de la existencia humana: su origen y
destino, así como su referencia centrada en una explicación exclusivamente física, química,
biológica, psicológica o sociológica de la vida y la muerte, el espiritismo reafirma el
reconocimiento de la existencia de Dios como inteligencia suprema y causa primera de todas
las cosas; del espíritu como entidad psíquica trascendente que preexiste al nacimiento y
sobrevive después del fallecimiento; del proceso evolutivo ascendente del espíritu que se
verifica en innumerables y sucesivas existencias; de la incesante comunicación entre
desencarnados y encarnados por diversidad de medios; y deriva de estos principios una
cosmovisión humanista y progresista que convoca a la transformación personal y social, en el
marco de los más elevados principios éticos.
Invitando a la comprensión del sentido espiritual de la vida, insistiendo en el respeto
pleno a la libertad de las personas y de los pueblos, y sustentado en la razón y en la ciencia, el
espiritismo impulsa una espiritualidad laica, equidistante del escepticismo desesperanzador
del materialismo y del dogmatismo sectario y ajeno a la ciencia y la racionalidad de las
teologías. Una espiritualidad abierta y tolerante, que, sobre la base de principios universales,
promueva una cultura de entendimiento, convivencia, armonía, generosidad, solidaridad y
fraternidad:
- Una cultura de respeto por la vida en todas sus formas.
- Una cultura que garantice el ejercicio de la libertad de pensamiento, conciencia, y
creencia.
- Una cultura de no violencia que promueva el encuentro y la solución pacífica de las
controversias.
- Una cultura de la solidaridad que impulse la creación y consolidación de un orden
mundial justo, en el que se borren las ignominiosas diferencias entre privilegiados y
desheredados.
- Una cultura de la verdad en el plano de la trasmisión de la información y el
conocimiento, que erradique la mentira.
- Una cultura de la igualdad entre los pueblos, las nacionalidades, las etnias o
identidades sexuales, donde no haya cabida para la discriminación.
- Una cultura del trabajo, reconocido como instrumento fundamental de la riqueza
social, y que ha de ser debidamente remunerado en un ambiente de relaciones justas
y honestas entre empresarios y trabajadores.
- Una cultura que promueva el funcionamiento democrático en el ejercicio político de
las naciones, sustentada en el sufragio libre y transparente, y que erradique toda
suerte de regímenes autoritarios o tiránicos, con independencia del signo ideológico
con que se identifican.
Conceptos como estos, y muchos otros que se pueden agregar, integran lo que
denominamos una espiritualidad ética de orientación espírita sustentada en la cultura del
amor, y traducen en términos concretos y actuales la propuesta central de Allan Kardec y de
los espíritus sabios que le asesoraron, respecto a la marcha evolutiva de la humanidad hacia
un horizonte superior que se definió como “un mundo de regeneración moral y social”.
Hace muy bien nuestra Asociación Espírita Internacional CEPA, en conceptualizar al
espiritismo como una visión laica, humanista, librepensadora, plural y progresista, porque ella
atiende cabalmente al modelo de espiritismo pensado y soñado por Allan Kardec, su ilustre
fundador y codificador.

lunes, 13 de julio de 2020




                                                                   CHARLES DARWIN

DE DARWIN AL ESPIRITISMO:
Teorías de la evolución


Siguiendo el editorial anterior sobre la influencia de las
religiones bíblicas en la moral social y política en Esta-
dos Unidos, esta es una oportunidad para volver con
más detalle a todo el conocimiento adquirido en el campo del
evolucionismo, y más especialmente en todo lo que sabemos
de la génesis de la raza humana. Allan Kardec ya había hecho
su contribución a esta pregunta en su obra La génesis según
el espiritismo, con una orientación que podría recordar los
estudios anteriores de Jean-Baptiste Lamarck e incluso de su
contemporáneo Charles Darwin que acababa de publicar su
Origen de las especies. Al menos en términos de la transfor-
mación física progresiva de las especies, hubo concordancia,
Allan Kardec agregó su visión espiritista para explicar en qué
y en cómo el espíritu encarnado contribuyó a la lenta evolu-
ción de la especie humana. Así, la génesis vista a la luz del
espiritismo, era totalmente diferente de los conceptos bíbli-
cos, entrando en un nivel con una modernidad que, en el siglo
XIX, todavía no estaba en la agenda de los círculos religiosos.


DEL CREACIONISMO AL TRANSFORMISMO
Fue en el siglo XIX que se desarrollaron las teorías moder-
nas del evolucionismo, en un cuestionamiento definitivo del
creacionismo inspirado en la Biblia. El creacionismo es una
antigua teoría según la cual todas las especies de plantas y
animales, hasta los humanos, fueron creadas ex nihilo (de la
nada) por el impulso divino. Esto claramente significa que
los primeros humanos, Adán y Eva según las religiones de
la Biblia, tenían la misma apariencia física que nosotros hoy.
Cada especie se habría creado en un período determinado
para luego permanecer en ese estado sin la más mínima
mutación. Esta teoría calificada de fijismo fue entontes
defendida por George Couvier (1769-1832), quien fue uno
de los primeros precursores de la anatomía comparada y
de la paleontología, pero que aún no había descubierto la
modificación progresiva de las especies diversificándose por
ramas a partir de troncos comunes. La ciencia todavía tenía
la idea de la generación espontánea o la creación de especies
por un milagro divino, cuando, a principios del siglo XIX, el
fijismo dio paso al transformismo inicialmente defendido por
Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844), quien se opuso a Cuvier,
mientras que este transformismo fue realmente teorizado
por el naturalista Lamarck.

JEAN-BAPTISTE LAMARCK (1744-1825)

Lamarck dio un paso decisivo en una nueva concepción de la
evolución de las especies, que en general se resume en esto:
la evolución se debe, por un lado, a la influencia del medio
ambiente en el desarrollo y las modificaciones de órganos
según su necesidad y su uso, y, por otro lado, a la herencia de
los caracteres adquiridos. Es la evolución por la adaptación
de los seres vivos a su entorno, modificándose a lo largo de
un número considerable de generaciones. Desde las formas
de vida más simples hasta las más sofisticadas, existe una
creciente complejidad de la organización de los seres vivos
bajo el efecto de una dinámica interna. Esta dinámica interna
que no está definida en Lamarck, corresponde en realidad
al impulso vital inherente a la pulsión divina que organiza la
naturaleza. También es la acción inconsciente de la psique de
los espíritus encarnados a través de su periespíritu.

CHARLES DARWIN (1809-1882)
A raíz de su predecesor, y sin contradecirlo en el fondo,
Darwin desarrolló otra noción nunca vista hasta ahora: insis-
tió en la selección natural donde las modificaciones tuvieron
lugar a partir de la lucha por la vida, eso en cuanto a que los
caracteres adquiridos más resistentes y mejor adaptados son
parte de una selección que explica la evolución progresiva de
la especie. Esencialmente de estos dos precursores, Lamarck
y Darwin, hemos podido entender cómo se han desarrollado
las diferentes especies de plantas y animales durante varios
millones de años. También estaba Alfred Russel Wallace
(1823-1913) que había desarrollado una teoría idéntica a la
de Darwin, y al mismo tiempo sin que hubieran trabajado
juntos. Posteriormente, Wallace se convirtió en espiritista,
se destacó significativamente de Darwin, evocando una
fuerza inteligente representativa de una dinámica interna
que obliga al ser vivo a mejorar. Otro teórico, Charles Lyell
(1797-1875), amigo de Wallace y Darwin, se puso del lado del
primero: «Acojo con beneplácito la sugerencia de Wallace
de que puede haber una voluntad suprema y un poder que
puedan guiar fuerzas y leyes de la naturaleza». Wallace no
se limita a la intervención de un Dios, sino que lo ve como
el de otras inteligencias: «El hombre parece demasiado dis-
tante de su antepasado animal, tanto es así que él ve en la
obra humana el trabajo interior de una naturaleza superior
que no se ha desarrollado mediante la lucha por la existen-
cia material y existiría un Universo invisible, un mundo del
espíritu al que el mundo de la materia está completamente
subordinado». Fuerte en sus convicciones espíritas, Wallace
escribió a Darwin: «Mis opiniones sobre el origen del hombre
se han modificado solo por la consideración de una serie de
fenómenos notables, físicos y mentales, que he tenido en
cuenta para someter a un control completo y que demues-
tran la existencia de fuerzas e influencias aún no reconocidas
por la ciencia.
También debemos mencionar la contribución del sacerdote
y paleoantropólogo Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955)
quien, al referirse a los datos evolutivos de sus predecesores,
dio su versión deísta al insistir en la creciente complejidad
de las especies en su progresiva diversificación de ameba al
hombre. Su obra, al mismo tiempo científica, filosófica y espi-
ritual, es una verdadera celebración de lo divino como en su
obra Ciencia y Cristo. El trabajo de Teilhard de Chardin, refu-
tado por la teología católica oficial, estuvo en la lista negra
de la Santa Sede. Fue solo con ocasión del Concilio Vaticano
II iniciado por Juan XXIII en 1958, que sus tesis evolucionistas
fueron finalmente aceptadas y reconocidas por las autorida-
des de la Iglesia.

EVOLUCIONISMO SEGÚN EL ESPIRITISMO
Volviendo al trabajo de Allan Kardec, encontramos los prin-
cipios fundamentales del fluido universal y el impulso vital,
integrando las nociones de espíritu, periespíritu y pulsión
divina, y presentando como datos esenciales la preeminen-
cia del espíritu sobre la materia. Entonces podemos tener en
cuenta la noción actual de diseño inteligente, al tiempo que
le damos una dimensión más fuerte o más espiritual que la
que comúnmente aceptan los teóricos estadounidenses del
diseño inteligente, suponiendo una fuerza divina o espiri-
tual indefinida que presidiría para equilibrar el universo. El
espiritismo indica no solo la existencia de esta pulsión divina
inteligente y organizadora, sino también el de los espíritus
individualizados y reencarnados, ellos mismos derivados
de lo divino. En la diversidad de la naturaleza tal como está
actualmente presente en la Tierra, podemos decir que toda
forma de vida está espiritualizada, y que incluso a nivel del
mineral, la estructura molecular recurre a un principio orga-
nizador sin el cual sería un caos, lo que a veces le hizo decir
en una fórmula abreviada que hay espíritu en todo. Y por
tanto podemos tener un cierto enfoque a partir de los datos
de la física cuántica, cuando hablamos de granos de energía
al nivel de los elementos más pequeños de la materia, y que
parecen reaccionar o interactuar inteligentemente.
Con respecto a lo que llamamos vida y, por lo tanto, desde los
primeros protozoos a partir de los cuales la vida se volvió más
compleja, hasta las plantas, y más tarde hasta las especies
animales, vemos detrás de esta evolución un impulso vital de
origen espiritual que sirve para apoyar cambios graduales o
incluso cambios sucesivos.

Percibimos este impulso vital aún mejor al nivel de los anima-
les superiores de los que forma parte la especie humana, al
referirnos a la doble estructura de un espíritu acompañado de
su periespíritu, en seres individualizados. El impulso es dado
por el espíritu y la transmisión al cuerpo físico se lleva a cabo
a través del periespíritu, que tiene la energía indispensable
para esta transmisión. Por lo tanto, la evolución de una espe-
cie animal superior como la especie humana, si depende de
factores genéticos, también es, en cierta medida, el resultado
de una impregnación vital y espiritual de nuestros espíritus
encarnados que se transmite a través del periespíritu.
Esta tesis espírita explica cómo, a partir de una antigua línea
animal conocida como los grandes simios, la hominización
nació hace aproximadamente unos seis millones de años.
¿Cómo pasamos de una línea animal a una especie humana
que se desarrolló en tan poco tiempo? (En la escala de evo-
lución de las especies, seis millones de años siguen siendo un
tiempo muy corto). La explicación espírita es esta: los prime-
ros espíritus de tipo humanoide, provenientes de otros mun-
dos, se encarnaron por primera vez en la Tierra, utilizando los
medios a su disposición, es decir, las especies animales que
mejor se adaptaban a sus necesidades en la conformación
física. Por lo tanto, estaban encarnados en los antepasados
del mono. Así, bajo el impulso de diferentes seres reencar-
nando en numerosas ocasiones, la forma simia se transformó
gradualmente para dar a luz a una nueva especie, la línea
humana que, con el tiempo, fue diferenciada radicalmente de
sus primos lejanos, los grandes simios. La hominización gra-
dual luego pasó por estar de pie, cambios fisiológicos signifi-
cativos, habilidades, capacidad de aprendizaje de la maestra
Naturaleza con el desenvolvimiento de lo útil y del empleo de
la inteligencia reflexiva.

Los primerísimos humanoides no se distinguían verdade-
ramente de los grandes simios, pero es con el tiempo y las
generaciones sucesivas, que la especie humana se fue des-
envolviendo, pasando por el australopiteco, el pitecántropo,
el neandertal, etc., bajo el impulso vital de seres diferentes
reencarnados en la Tierra por la emergencia de un nuevo
linaje donde la forma más exitosa es el homo sapiens de hoy.
Esta tesis ya apareció en La Génesis según el espiritismo,
aunque la alternativa con otra opción persistió, punto
sobre el cual Allan Kardec aún no había decidido. Esta otra
proposición fue esta: el espíritu humano se habría desarro-
llado primero como un espíritu animal, pasando por todos
los campos antes de ser individualizado y distinguido por
una inteligencia diferente, progresando desde el instinto a
la reflexión. Esta tesis sugeriría que la evolución completa
de un espíritu tendría lugar en un mismo planeta, pasando
por diferentes especies animales consideradas inferiores y
cuyo resultado final sería el hombre. Entonces, el vagar de
las almas no cruzaría las fronteras de un planeta específico,
sabiendo que los Espíritus siempre han afirmado el principio
de la pluralidad de mundos habitados que están en diferentes
grados de evolución. Sin embargo, uno encuentra en «El libro
de los espíritus», la idea de pasar de un mundo a otro por
necesidades evolutivas en «La pluralidad de las existencias»
(capítulo IV). Esta idea de reencarnación de un mundo a otro
en los ciclos de vida necesarios para la evolución, es por lo
tanto una constante en el espiritismo de ayer y de hoy. Por lo
tanto, es en los planetas más bajos que la Tierra donde tienen
lugar los primeros pasos de la evolución humanoide, planetas
cuyos seres están llamados a continuar su ciclo evolutivo en
mundos un poco más avanzados como la Tierra, por ejem-
plo. Así, de mundo en mundo, se establecen ciclos de vida,
ciclos necesarios para que la evolución del espíritu alcance
progresivamente su perfección. Y lo mismo ocurre con los
sectores animales, espiritualmente diferentes de nosotros y
que serán llamados a una forma de convergencia en mundos
superiores.
Ante la incertidumbre que aún se cernía sobre el libro La
génesis según el espiritismo, la pregunta ahora está zanjada:
ahora conocemos el proceso de evolución espiritual de los
humanos, es el de un asentamiento en la Tierra por espíritus
humanoides provenientes de otros mundos que se habían
encarnado inicialmente a través de especies animales.

EXTRAÍDO DE: LE JOURNAL SPIRITE JULIO-AGOSTO-SEPTIEMBRE DEL 2020.

sábado, 13 de junio de 2020

La actitud filosófica del espírita

filosofos-griegosEl espiritismo otorga una filosofía a quien lo comprende y asimila. Una filosofía es un cuestionamiento de las cosas básicas que nos suceden en la vida, y una búsqueda incesante de unos principios o valores en donde sustentar nuestro carácter.
Un espírita no es un Locke, ni un Husserl, ni inventa ni descubre nada que no haya sido ya dicho. La moral espírita se basa en las enseñanzas del rabí de Galilea, Jesús de Nazareth, o donde buenamente naciera, pues no es la vida pública o mística de Jesús lo que nos preocupa u ocupa. Ni si realmente existió o fue una fabulación, es un arduo trabajo que dejamos en manos de los historiadores serios, que no tienen interés especial en defender tal o cual postura, sino simplemente basarse en la lógica de los datos que se van descubriendo y en las sensatas comparaciones que los estudios ecdóticos y arqueológicos nos permiten. 
Nada nuevo hay en Jesús, dicen los investigadores, todo lo que él dice se halla de un modo u otro recogido en las escrituras hebreas, o de algún modo en tradiciones más antiguas, como las egipcias de las que también se alimentaron las tradiciones judías, etc. Este estudio es fascinante, pero nos aleja de nuestro cometido: la moral espírita.
Decíamos que las enseñanzas de Jesús son el óbice de nuestra moral como espíritas. Moral no siempre bien comprendida, y que ha llevado a fanatismos a lo largo de la historia, pues no debe de ser interpretada al pie de la letra. Para ello el Evangelio según el Espiritismo, da una cabal explicación de los pasajes más importantes de la moral de Cristo.
El verdadero espírita comprende la seriedad de las críticas que un Nietzsche arroja ante la melifluidad y apocamiento de algunas actitudes mal llamadas cristianas, pues pensadores de tal calibre intentan recuperar el pensamiento heleno, en su estado más puro.
No haremos aquí una superficial opinión de las intrincadas y complejas opiniones del filósofo alemán, que merece toda nuestra admiración, por su valentía y por su gran capacidad para sobreponerse a una forma de pensar que reina sobre occidente desde prácticamente la caída del Imperio Romano. Reflexionar es de vital importancia para cualquier amante del conocimiento.
No obstante el ya mencionado Evangelio según el Espiritismo, que no es un evangelio nuevo, en la parte introductora nos habla de la filosofía de Platón y Sócrates. En su aspecto moral. Dejando a una lado otras múltiples cuestiones de la filosofía de ambos. Por no decir, que en realidad hace hincapié en Sócrates, dejando a Platón a un lado, teniéndolo en cuenta como mero trasmisor del pensamiento del primero.
Hablaríamos por tanto de los primeros libros de Platón, en donde la figura de Sócrates es claro relieve. Ahí se hace una comparación entre las ideas de los filósofos y las de Jesús, en temas que con el paso del tiempo han perdido su claridad, sea por ejemplo: la reencarnación, o la importancia de los “daímones” o espíritus familiares que se comunican con los que estamos en la materia física (encarnados).
Al observar estas ideas, vemos que hay una línea clara y directa en el pensamiento moral, es la verdadera antorcha que no se ha de poner debajo del celemín. Queremos decir, se atisba la verdad de los pasos, cuando Jesús decía yo soy el camino, hablaba de sus acciones, de sus enseñanzas, no de su persona.
Es un oscuro complot teológico lo que con la figura del humilde carpintero se hizo después. Su mensaje embriagaba a las multitudes, en el “Sermón de la Montaña” única parte veraz de todos los evangelios según el prestigioso religioso T. de Chardin, Jesús hablaba a las multitudes, capaz de sugestionarlas hasta tal punto que cobraban sentido sus palabras “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que viene de Dios”.
De ahí la explicación que Kardec ofrece a los llamados milagros en la obra La Génesis. Los milagros y las profecías según el Espiritismo, de los panes y los peces que se multiplican, dando de comer a multitudes ingentes. Bien, Jesús inspirado por el Verbo (logos), el Espíritu Santo, o sencillamente el Espíritu hablaba lo que toda la humanidad ha escuchado por boca de sus diferentes profetas: paz y amor, esperanza y redención, justicia para el oprimido, verdad y libertad.
Este mensaje que irradia desde las toscas manos que redactaron los evangelios, sobrepasa en mucho las sutilezas que posteriormente Pablo de Tarso, o cualquier padre de la Iglesia fueron introduciendo al mensaje “original” de Jesús; dando lugar al cristianismo que conocemos, que seguramente no tenía mucho que ver con el que Jesús predicó.
“Ahí dónde dos o tres estén en mi nombre, yo estaré con ellos”, dice en un pasaje. Esto es un acto de fe que nos liga a él. Porque el espiritismo nos da la posibilidad de rastrear estos pasos de amor e indulgencia, nobleza y caridad auténtica (no de limosna) al prójimo.
Muchos llamados santos o santas, no son más que mártires de ideas, pero en cambio otros, irradian una bondad y una fe en las clases más populares, que cuanto menos es de admirar.
Es un fenómeno antropológico ver el fervor de una población hacia su santo/a patrón/a. Supera la tradición y alcanza cotas de misticismo popular. Innato en el ser humano; igual era ir a venerar a Venus Generatrix que a la Virgen María. Solamente ha cambiado el nombre y la época.
¿Rige un Dios nuestro mundo, nuestro universo? Pregunta que golpea con dureza nuestra inteligencia. Hay preguntas tan hondas que superan la capacidad de cualquier respuesta. En el inicio del Libro de los Espíritus de Allan Kardec, ante la pregunta número 1 “¿Qué es Dios?”, los espíritus contestan “La inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas”. Respuesta bastante profunda y digna de meditación. Pero en la que no nos descollaremos, pues nos interesa llegar a otro lugar, dejándote caro/a lector/a que hagas propia tal pregunta y medites si tiene sentido o no para ti tal respuesta.
Somos poco más o menos que accidentes biológicos, empeñados en trascender a toda costa nuestra realidad material. Sería lógico pensar que tras la muerte todo se acaba. Pero es inquietante observar que todos los pueblos tienen su idea del “más allá”. No hay pueblos ateos. El ateísmo ha sido una reacción intelectual ante los excesos y fanatismos de la religión.
En realidad los escépticos griegos, que constituían un modo de pensar en la Antigua Hélade, decían que “es posible que haya una verdad o principio de la naturaleza (arjé) pero desde luego no lo podemos llegar a conocer”. En el fondo algo así dice el espiritismo en su pregunta 14 del mentado Libro de los Espíritus, que por mucho que divaguemos no podemos llegar a comprender a Dios, que hay cosas más fundamentales que sí están a nuestro alcance y que nos competen más.
En esa respuesta, que desisto copiar literal adrede, se hace un claro ataque a la fatua vanidad de quienes indagan sobre humo, y nos pone en alerta de nuestras conductas para con el prójimo. En realidad un espírita es igual a un escéptico griego, sabe qué hay una verdad, pero dada nuestra limitación, siempre está en constante búsqueda de certezas. Lo contrario es engullir dogmas e ideas preconcebidas: la muerte de todo pensamiento racional.
Son muchos los experimentos realizados por personas desinteresadas, estudiosas, que incluso se han jugado su prestigio científico, y cuyos puntos de partida eran totalmente opuestos a las manifestaciones espiritistas, los que dan aval a lo que fundamenta nuestra creencia.
Muchas investigaciones pertenecen al pasado, entonces decir Espiritismo inspiraba entre respeto y temor, ambas cosas eran posibles. Después de la Segunda Guerra Mundial más bien burla e incredulidad, tal es el arma que se esgrime en la actualidad ante las ideas que una y otra vez acechan nuestra especie, en busca de quienes “tengan oídos para escuchar y ojos para ver”.
Ahora ya no se llaman fenómenos espíritas, reciben otra nomenclatura, e incluso han huido de los laboratorios parapsicológicos, refugiándose en los lugares más insospechados, pero bajo el amparo de prestigiosos científicos, que de forma “fortuita” han tropezado con estas cuestiones de la pervivencia de la vida tras de la muerte. Son nombres anónimos, ante la gran masa, pero que vuelven a levantar los interrogantes que aparentemente se habían sepultado tras el intento de desprestigio de las viejas escuelas de Metapsíquica de Richet, o el Espiritismo de Kardec.
Estos fenómenos que se hallan fácilmente en cualquier cultura, presente o pasada, conservan una envoltura etnográfica que hace difícil para el observador desprevenido poder separar un principio que se da en todas estas manifestaciones, y que Kardec denominó mediumnidad, con los ritos y aparato sugestivo que acompañan a las mismas.
Allan Kardec en su obra El libro de los Médiums asentó la primera metodología y estudio serio sobre dicha facultad. A diferencia de los papiros egipcios u otros escritos mistéricos del pasado, Kardec usa el método científico, propio de nuestro tiempo, abandonando el simbólico-interpretativo o hermenéutico. Pues no se trata de un fenómeno nuevo, sino antiquísimo, pero que antes sólo era propicio para los iniciados.
Debe el espírita comprender y valorizar su importante legado del pasado, pero sin anclarse en él, ni complacerse vacuamente. Avanzar siempre, como dijo el pensador León Denis “siempre adelante, siempre más lejos, siempre más alto”.
30 de julio de 2015
Blog «Claro de Luna» de Myriel en Zonaespirita.com

Escrito por Myriel

Myriel
Blogger Colaborador de Zona Espírita.

Entre el Kardec de los académicos y el Kardec de los espíritas… ¿Dónde está Kardec?

En las últimas décadas, tanto en los Estados Unidos, como en Francia y Brasil, los tres países más vinculados históricamente al espiritismo, los estudios académicos sobre su nacimiento, desarrollo y migración entre los continentes han encontrado cada vez más espacio en las Universidades.
Sólo para citar algunos de los autores que trabajaron el tema: David Hess, Lynn L. Sharp y Sofie Lachapelle en los Estados Unidos; François Laplantine, Marion Aubrée, Guillaume Cuchet en Francia; Bernardo Lewgoy, Sandra Jacqueline Stoll y Reginaldo Prandi en Brasil. El sesgo de estos estudios es generalmente sociológico, antropológico o histórico.
La riqueza de las investigaciones, con todas las informaciones y fuentes que nos ponen en contacto con la historia del movimiento del siglo XIX y sus desdoblamientos en los siglos XX y XXI es bastante importante para espíritas y no espíritas. 
Se trata de una mirada desde afuera. Esta mirada nos apunta a nosotros espíritas, maneras de vernos a nosotros mismos que no tenemos dentro del grupo que se adhiere a las propuestas de Kardec. Una visión con crítica, historicidad y pertinencia. Muy útil.
Pero también no deja de ser extraño sentirnos como objeto de estudio antropológico, como si fuéramos una tribu exótica y, más, participantes de una «creencia» en Brasil, que ya desapareció del continente europeo donde fue generado, porque fue superado por una sociedad laica, que se desapegó de las «explicaciones religiosas y metafísicas», por su avance cultural y social. Este discurso está implícito en algunos de estos estudios.
Al mismo tiempo que la mayoría de los investigadores considera que el espiritismo (desde el espiritualismo americano a las ideas de Kardec y sus antecesores y contemporáneos) fue una manifestación histórica progresista, con acentos de feminismo y socialismo utópico, de confrontación con el conservadurismo de la Iglesia y, de avance cultural, para ellos es algo que es sólo fruto del siglo XIX.
El espiritismo brasileño, asimilado por el caldo cultural católico y conservador vigente aquí, {se refiere a Brasil} ya no tiene ese carácter progresista de la época de Kardec. Esto para nosotros, espíritas más críticos, es una visión con la que concordamos, pero que nos hace lamentar. Para los estudiosos, se trata de algo absolutamente normal para cualquier movimiento como un fenómeno sociológico: cuando se transfiere una idea de una cultura a otra, el sincretismo sucede.
Mas que eso, no se puede dejar de leer entre líneas en la mayoría de los autores un cierto desdén por Kardec: al final, para unos, un positivista excéntrico del siglo XIX, que tenía el delirio de construir un discurso racional sobre el mundo espiritual. (Discrepo completamente de la visión de Kardec fue un positivista, como demostré en mi tesis sobre Pedagogía Espírita, en la USP.)
Por otro lado, tenemos aquí un movimiento espírita constituido por personas que en su mayoría desconocen el contexto histórico y social del desarrollo del espiritismo y del propio Kardec. Tratan el espiritismo como mera revelación religiosa – con toda la sacralidad y dogmatismo que eso implica – idealizando a Kardec de modo superficial y contrario a sus propios propósitos.
Es decir, ni los de fuera, ni los de dentro llegan al centro del espiritismo y comprenden la contribución de Kardec. Los primeros someten todo al relativismo histórico y sociológico, los segundos abstraen todo de la historia y hacen un discurso sacralizado y atemporal.
En mi percepción, es importante insertar Kardec y el espiritismo (tanto el francés del siglo XIX, como el brasileño del siglo XXI) en su contexto histórico, tener una comprensión sociológica del movimiento y, con ello, relativizar sí algunas ideas, que pueden estar vinculadas a una lectura del mundo que ya no atiende a las complejas demandas del siglo XXI.
Necesitamos reevaluar en el espiritismo algunas cosas como cuando la reencarnación se vuelve punitiva y no sólo pedagógica; cuando la idea de evolución nos engendra en una jerarquía preconcebida y no en una fraternidad entre todos; cuando nuestras ideas nos parecen absolutas y no modelos más o menos verdaderos y temporales, sujetos a la revisión de nuevas conquistas científicas y nuevas reflexiones filosóficas…
Pero en mi percepción también, es importante comprender que la contribución que Kardec dio con el método desarrollado para lidiar con la mediumnidad (que por otra parte la mayoría de los espíritas no aplica ni a la mitad, con su grado de control, criticidad, componentes éticos, etc.) aún no ha encontrado a nadie que haya avanzado un milímetro más allá.
También es vital entender el espiritismo, propuesto por Kardec, como una filosofía cósmica, ética, evolucionista y progresista, que nos abre perspectivas muy amplias de comprensión, siempre que no se cierre en sí misma, sino manteniendo sus postulados de racionalidad y moralidad, sea capaz de dialogar siempre con la cultura de nuestro tiempo.
Al igual que Marx, Freud, Darwin y tantos que contribuyeron al abordaje social, psíquico y evolutivo de la Humanidad, pero que hoy no son en la mayoría de las veces objeto de un purismo ortodoxo, pasando por revisiones y ampliaciones brillantes, que no los desmienten, pero los desdoblan y profundizan, así también debe ocurrir con Kardec.
Esto no puede ser hecho por un movimiento religioso. De ahí la importancia de grupos de investigación, con rigor académico, pero sin subordinación ideológica a los guetos de las corrientes que imperan en las universidades; de espacios de diálogo, de investigaciones serias, no sólo de antropólogos, historiadores y sociólogos no espíritas, sino de personas que estén convencidas de la importancia del pensamiento de Kardec, pero capacitadas para pensar libre y profundamente sobre él.
Al final, la cuestión es una sola: o somos Inmortales y la mediumnidad y la reencarnación son hechos, de los que ya tenemos fuertes indicios (aunque no debemos descuidar la producción de nuevas y permanentes evidencias) o todo eso no es más que un delirio colectivo, encabezado por un profesor excéntrico del siglo XIX.
Quién se inclina seriamente sobre la cantidad de evidencias ya acumuladas desde el siglo XIX; quien pasa al mismo tiempo por fuertes experiencias personales de que sólo el modelo explicativo de la mediumnidad puede dar cuenta; quién se abre para la articulación filosófica en torno a los fenómenos observados y, vivenciados – estos pueden presentar la convicción de que el núcleo central del espiritismo – la existencia del espíritu, su comunicación y la reencarnación – todavía continúa en pie. Kardec no fue desmentido.
La cuestión es que la mediumnidad sin el control, la crítica y el rigor que Kardec le aplicaba (y aún así, no todo lo que él propuso como revelación dada para los médiums de su tiempo se encuentra a salvo de los condicionamientos históricos de la época), produjo en Brasil narrativas muy problemáticas y fácilmente desmontables por una lectura crítica más atenta.
Publicamos aquí un ejemplo de ello: en la obra Brasil, Corazón del Mundo, Patria del Evangelio, un libro escrito por un médium que en general es considerado (y yo estoy de acuerdo en parte con eso) uno de los mejores intérpretes de los Espíritus en el siglo XX.
¡Imagínese los que andan por ahí, en narrativas absurdas, con libros meramente ficticios o de autoayuda (y a veces de un mal gusto a toda prueba) para la venta masiva en el mercado editorial! Estamos sumidos actualmente en un imaginario supuestamente espírita, con innumerables libros deplorables, que apenas empañan el horizonte espiritual.
Todo esto hace difícil – pero urgente e imprescindible – desentrañar a Kardec de los escombros del movimiento espírita actual. Pero, al rescatarlo, también hacer su relectura, contextualizada, histórica, desarrollando el espiritismo para un diálogo consistente con el siglo XXI. Ya lo hemos hecho con la Pedagogía Espírita, pero tenemos que avanzar en otros sectores. En ese rescate, podemos servirnos de los estudios académicos para comprender mejor a Kardec y su siglo, el trasplante del Espiritismo de Francia hacia Brasil y los contornos sociológicos de nuestro movimiento.
Y al final, concluimos que Kardec no fue desmentido, en sus postulados básicos; pero fue traicionado, incomprendido y soterrado por una avalancha de incongruencias. Tenemos que limpiar el área y volver a empezar.
 Artículo de Dora Incontri para el blog https://blogabpe.org/
Traducido del portugués al español del artículo original publicado el 11 de junio de 2018 en la página web de la Asociación Brasileña de Pedagogía Espírita
Enlace directo al artículo original: https://blogabpe.org/2018/06/11/entre-o-kardec-dos-academicos-e-o-kardec-dos-espiritas-onde-esta-kardec/

Escrito por Dora Incontri

Dora Incontri
Dora Incontri es educadora, periodista, poetisa y escritora brasileña; autora de más de 40 obras publicadas, entre ellas libros didácticos de filosofía. Doctora y post-doctora en Historia y Filosofía de la Educación por la Universidad de São Paulo. También es coordinadora de la Asociación Brasileña de Pedagogía Espírita.
Estudiosa del educador Johann Heinrich Pestalozzi en Brasil y también una notoria estudiosa de su discípulo Allan Kardec, fundador del Espiritismo.

sábado, 25 de abril de 2020

 


EVOLUCIÓN VENEZUELA ESPÍRITA
2ª ETAPA         REVISTA DE CULTURA ESPÍRITA   Nº 7 / ENE-ABR 2020
 EDITORIAL

 
LA PANDEMIA – UN ACERCAMIENTO ESPÍRITA 

Nos hallamos en presencia de una de las mayores calamidades que hayan afectado a la humanidad en mucho tiempo. En efecto, la pandemia desencadenada a partir de la expansión del COVID 19 no hace distinción de fronteras ni de clases sociales, y sus consecuencias, en términos de víctimas y de perturbaciones económicas y sociales a escala planetaria, anuncian que estamos ante un punto de inflexión que señala un antes y un después de su devastadora presencia. Nada será igual. Se avecinan grandes cambios en nuestras maneras de vivir y de relacionarnos con los demás. Frente a ese panorama se imponen algunas preguntas fundamentales: ¿Estamos mental y emocionalmente preparados para asumir semejantes cambios? ¿Habremos aprendido cabalmente las lecciones que se desprenden de un episodio de tal envergadura? ¿Estamos dispuestos a operar en nosotros mismos una profunda transformación moral y un salto evolutivo de conciencia que nos prevenga de otros episodios con similar o mayor fuerza destructiva? 
Son interrogaciones a las que el conocimiento espírita puede responder con suficiencia, habida cuenta de su racional entendimiento de Dios, del universo, de la vida y de la presencia humana, siempre que sea debidamente asimilado y aplicado, vale decir, que sirva para liberarnos de atavismos religiosos, creencias mesiánicas, actitudes fanáticas, terrores infundados o prácticas supersticiosas dotadas de supuestas virtudes curativas o de poderes para la salvación de las almas. Justo es reclamar que la doctrina fundada y codificada por Kardec no sea tergiversada o que en su nombre se reproduzcan de cualquier modo aquellas expresiones propias del pensamiento mágico.
De entrada, hay que apuntar sin rodeos que a la luz del espiritismo, conforme a su proverbial racionalismo, conviene dejar a un lado todo ese tipo de letanías, típicas del dogmatismo religioso, que atribuyen lo que está sucediendo a un castigo divino, a uno de esos mensajes del Dios iracundo del Viejo Testamento a los hombres por haber pecado tanto y olvidado sus mandamientos, como si nos adelantase las penas del infierno. Concepto repetido por doquier durante milenios, en el ámbito de la tradición judeocristiana, aunque también permeaba a otras sociedades muy antiguas como la griega y la romana. Baste recordar el castigo de Apolo a los griegos en la Ilíada, de acuerdo con su lógica del castigo divino.
La concepción antropomórfica de un Dios que se inmiscuye en los actos de las personas, revestido de atributos humanos, no se corresponde con la noción espírita de Dios, espléndidamente expresada en el propio inicio de El Libro de los Espíritus: Inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas. Dios, por lo tanto, ni premia ni castiga. De paso, si esta epidemia fuese una manifestación de la cólera divina, mal estarían haciendo los médicos y los sanitarios de todo el mundo combatiéndola y mitigando sus efectos, puesto que estarían enfrentando sus implacables designios. No es así según el espiritismo. Más bien, hay que mirar y comprender al ser humano en el contexto de una perspectiva espiritual e histórica, relativa al complejo e inconmensurable proceso evolutivo que le impulsa a recorrer el camino hacia su continuo perfeccionamiento.
A este tenor, vale la pena proceder a la relectura de un magnífico ensayo de Kardec, publicado en 1868 en su obra La Génesis, los milagros y las predicciones, titulado “Los tiempos han llegado”, cuya idea central expresa la convicción del maestro lionés, de que la renovación moral de la humanidad no advendrá como resultado de cataclismos planetarios o señales de los cielos, sino del “desarrollo de la inteligencia, del sentido moral y la moderación de las costumbres”. Por supuesto, el espiritismo enseña la comunicabilidad entre los espíritus desencarnados y encarnados, y admite que en determinadas circunstancias podrían los espíritus intervenir en acciones terapéuticas, además de reconocer la participación de entidades desencarnadas de gran sabiduría e impecable moralidad en diversos procesos humanos y sociales, por vía de inspiración y asesoramiento para la consecución de nuevos avances en todas las áreas del conocimiento. 
Una breve ojeada a la historia revela que han sido muchas las epidemias que ha padecido la humanidad, y que algunas incluso acabaron con pueblos enteros. Entre las pandemias más devastadoras cabe destacar la peste negra, causada por una bacteria que salió de Asia y se propagó por Europa en el siglo XIV, provocando la muerte de un tercio de la población de este continente. Otro brote de la peste se volvió a extender por el mundo a mediados del siglo XVII, manifestándose con especial virulencia. La pandemia más mortífera de todos los tiempos fue la gripe española, injustamente llamada así, ya que comenzó en Estados Unidos en 1918. En solo dos años que duró, el número de víctimas superó la cifra de cuarenta millones en todo el mundo. En tiempos más recientes, en los años 80 de la pasada centuria, el sida causó conmoción en todo el planeta y llegó a ser etiquetado como la peste de nuestra época. Al ser menos contagioso que las virosis antes mencionadas, no fue tan letal como inicialmente se temía, pero aun así ha segado la vida a unos cincuenta millones de personas.
Entre los principales factores que intervienen para que las actuales epidemias sean tan graves, destaca la rapidez con que se propagan. Los medios de transporte son su aliado principal. La razón por la que un virus localizado en una provincia china hace tan solo cinco meses haya acabado poniendo en cuarentena a casi todos los habitantes del planeta, se debe principalmente a los grandes flujos de población que son trasladados todos los días por diversos medios aéreos, terrestres y acuáticos. 
En lo que lleva de siglo XXI hemos visto cómo el terrorismo se convierte en un fenómeno global, luego la crisis económica y ahora las epidemias. Un mundo tan interconectado como el nuestro revela hasta qué punto los estados, incluso los muy grandes y poderosos, no son suficientes por sí solos para combatir amenazas generales. Si bien es cierto que el mundo globalizado es el que transforma una epidemia en una pandemia en muy poco tiempo, también es la globalización la que permitirá derrotarla, aprovechando los enormes recursos que se derivan de la informática y en general de todos los avances científicos y tecnológicos. En crisis sanitarias como la actual, se confirma la utilidad de organismos especializados en el área de la salud, y de lo importante que es la cooperación internacional para frenar la propagación del virus.
Las pandemias no solo dejan una estela de muerte y de enfermedades, sino que también suelen traer aparejadas severas crisis en el ámbito económico. Todavía no sabemos con certeza la gravedad de este trance, aunque las cifras que se asoman en cuanto a un previsible estado general de recesión son francamente alarmantes y anuncian un cuadro muy complicado de recesión, desempleo y empobrecimiento de las condiciones básicas que son inherentes a una vida saludable y digna. A las dolencias físicas hay que añadir las de índole psicológica, traducidas en cuadros de ansiedad, miedo o depresión, como respuesta involuntaria e inadecuada ante la incertidumbre o la sensación de vacío existencial.
Frente a este panorama dantesco, se impone la reflexión acerca de lo que deberíamos y podríamos hacer. Y al respecto, el espiritismo nos ofrece luces que pueden
brindarnos positivas orientaciones para conducirnos del modo más apropiado y también para auxiliar a nuestros seres cercanos, a nuestros amigos y conocidos, y a las comunidades con las que estemos en relación. La enseñanza espírita se traduce en una permanente invitación al cambio moral y al avance social, a superar hábitos y prejuicios y a revisar nuestra escala de valores a fin de que establezcamos prioridades más razonables, solidarias y fraternas, que la codicia o la vanidad.
En varias de sus formidables obras filosóficas, León Denis, calificado continuador del trabajo de Kardec, afirma que los seres humanos estamos en el mundo para aprender, y que para conseguir este objetivo nos hallamos ante dos opciones: el amor o el dolor. Sin duda, aprender por amor es lo deseable, y cuando así pasa, el espíritu se nutre y se fortalece con alegría; sin embargo, en otras circunstancias, muchas en verdad, el sufrimiento ejerce su magisterio, y la pandemia producida por la veloz expansión del coronavirus es una de ellas. Se trata, pues, de avanzar rápidamente hacia el conocimiento de su origen, su medio y modo de contagio, su letalidad según las características de las poblaciones, para poder entender, asumir y vencer sus secuelas, a partir de la prevención, cuidados y procedimientos curativos, y a la espera de que la ciencia produzca los fármacos o la vacuna que logre frenarlo, controlarlo y erradicarlo. Entre tanto, mucho dolor enluta a la humanidad, y de él habrá que aprender las crueles lecciones que deja.  
¿Qué hacer, entonces? Lo primero, naturalmente, es atender y acatar las instrucciones que dictan los gobiernos y las organizaciones vinculadas con la preservación de la salud y la seguridad individual y colectiva: permanecer en casa, cumplir con las normas higiénicas y de protección, y guardar la distancia social en aquellas circunstancias en que debamos salir para adquirir los productos esenciales para nuestra vida cotidiana. El espírita debe dar ejemplo de un correcto comportamiento ciudadano, y en lo posible, actuar de manera fraterna y solidaria con sus vecinos. Es muy conmovedor apreciar que de todas partes llegan noticias del abnegado esfuerzo que realizan los profesionales de la salud y de resguardo de la ciudadanía; de amorosas actitudes y solidarias conductas manifestadas de mil maneras por personas de gran corazón, todas reveladoras de que, en medio de estas complicaciones, también aflora lo mejor del ser humano. 
Hay que situarse en el aquí y en el ahora. No hay que anclarse en un pasado que ya no está, ni colocarse en un futuro que aún no ha llegado. Ni amargos remordimientos o reproches, ni temores anticipados. Se debe asumir la realidad presente, con sensatez y ánimo positivo, siempre teniendo en cuenta la temporalidad de la epidemia, puesto
que ella pasará y será superada. No nos amenaza el apocalipsis ni el fin de los tiempos. Es una situación muy dura, complicada, pero superable. La humanidad seguirá adelante.
La reclusión en casa, con sus inevitables inconvenientes y disgustos, debe ser asumida con serenidad y aprovechada como una oportunidad para nuestro crecimiento personal. Es momento apropiado para la introspección, la reflexión y el propósito de enmienda. Un área muy sensible que está generando graves desequilibrios como consecuencia de un estilo de vida inadecuado que deviene de un indiscriminado consumismo y de un deshumanizado modelo de desarrollo industrial y comercial, es la que se refiere al entorno natural. Aunque se muestre como una cruel paradoja, un primer beneficiado por ahora de la limitación de movimientos, es el medio ambiente, ya que la contaminación ha descendido drásticamente en las ciudades que están en cuarentena. Hay en esto una lección profunda que requiere un perdurable aprendizaje y una verdadera disposición para introducir cambios en nuestro estilo de vida.
Es un buen momento para la valoración y cultivo del amor familiar. Para la buena lectura y el sano entretenimiento. Para cumplir, dentro de las posibilidades de que se disponga, un ritmo de ejercicios que mantengan el funcionamiento eficiente de nuestro organismo. Para aprender o reaprender a alimentarnos de la manera más sana con la finalidad de atender a las demandas corporales.  Para poner en práctica herramientas terapéuticas de gran simplicidad y enormes beneficios como la relajación, la visualización positiva y la meditación. Para ir al encuentro de una íntima conexión con Dios y el mundo espiritual por medio de nuestras más delicadas y elevadas vibraciones, ofreciendo el concurso de nuestro amor a quienes están enfermos a favor de su pleno restablecimiento, y a quienes han desencarnado, pidiendo por el esclarecimiento y la serenidad de sus espíritus.
En síntesis, la propuesta espírita, inequívocamente kardecista, progresiva y actualizada, plenamente laica y librepensadora, revela en ésta, como en tantas otras difíciles circunstancias de la vida y la evolución humanas registradas por la historia, su inmenso potencial intelectual y moral, capaz de ofrecer una sustantiva contribución al desenvolvimiento material y espiritual del mundo. De un mundo que indefectiblemente seguirá adelante, venciendo pandemias y toda suerte de calamidades, porque lleva en sí mismo el principio indestructible de su eterno progreso.
Jon Aizpúrua