Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.
miércoles, 3 de agosto de 2022
LE JOURNAL SPIRITE N° 128 juillet 2022
P E R S O N A J E
ALLAN KARDEC :
al encuentro de los espíritus
por
K A R I N E C H A T E I G N E R
Apartir de 1848, con los eventos de Hydesville, nace en
América el Moderno Espiritualismo. Una pléyade de
distinguidos hombres y mujeres ya ha hecho valer los
méritos de la Revolución que se operaba, abriendo las
conciencias a su eternidad, sugiriendo por los hechos la cuestión
de los orígenes y el destino del hombre.
Este viento revelador va a emprender entonces su revolución en
otros lugares e insuflar su mensaje de eternidad. Es así como
acompañada por médiums que cruzaron los mares, la experiencia
espírita se da a conocer en Inglaterra, en Alemania y luego en
Francia. Es en Francia y más precisamente en París hacia los años
1852-53, donde vamos a encontrar, tanto la llama como la luz, de
otro gran espíritu: Hippolyte Léon Denizard Rivail.
En esa época, la danza de las mesitas acompañaba los valses del
Segundo Imperio. Esas experiencias de moda se observaban en
lugares muy diferentes; las conversaciones, tanto en los elegantes
bulevares como en los más humildes arrabales, giraban
invariablemente alrededor de las mesas “parlantes”. Para la
gente, era un pasatiempo como cualquier otro y casi nadie trataba
de profundizar en el estudio de la causa de estas manifestaciones.
Comenzaron a aparecer libros hablando sobre estas asombrosas
mesas. En principio, los magnetizadores y otros observadores
suponían que estos bailes inesperados eran resultado de la acción
de un fluido magnético o eléctrico, u otro, de propiedades
desconocidas.
Antes de aquel mes de mayo de 1855, fecha en que asistió a su
primera sesión, Hippolyte Denizard Rivail conversaba con sus
amigos como el Sr. Fortier, el corso Carlotti o el editor Maurice
Lachâtre. Pronto la mesa giratoria estuvo en el centro de la
conversación. El profesor Rivail, que se interesaba por el estudio
del magnetismo animal, aprobaba la teoría de los fluidos según
Mesmer. No obstante, su amigo, el Sr. Fortier, magnetizador él
mismo, insistía dándole testimonio del lenguaje inteligente de la
mesa que respondía a las diversas preguntas planteadas.
Hippolyte Rivail, poseedor de una austera lógica le respondió a
su amigo: “Creeré cuando lo vea y cuando se me pruebe que una
mesa tiene un cerebro para pensar y nervios para sentir, hasta
entonces permítame no ver allí sino un cuento chino”. Como lo
señala Anna Blackwell, su futura biógrafa y que lo conoció
personalmente “ese espíritu activo y tenaz era precavido, hasta
prácticamente la frialdad, escéptico por naturaleza y por
educación”.
El Sr. Carlotti, amigo de Rivail desde hacía veinticinco años, fue el
primero en mencionar la intervención de los espíritus en estos
extraños fenómenos, lo cual, lejos de convencer a Hippolyte Rivail,
no hizo sino incrementar sus dudas: “Cuando uno se pone a
estudiar las ciencias, la credulidad supersticiosa de los ignorantes
hace reír y uno ya no puede creer en los fantasmas. Sin embargo,
yo estaba ante un hecho inexplicado y aparentemente contrario a
las leyes naturales y que mi razón rechazaba. Pero sabía que los
experimentos eran realizados por hombres serios y creíbles”.
Algún tiempo después, Hippolyte Rivail fue invitado a asistir a las
experiencias que se realizaban en casa de la Sra. Plainemaison, y
reconoció inmediatamente: “Allí, vi por primera vez las mesas que
giraban, saltaban y corrían. También fui testigo de algunas
pruebas muy imperfectas de escritura mediúmnica. Sin duda
alguna allí pasaba alguna cosa que debía tener una causa. Bajo
aquellas aparentes futilidades y la suerte de juego que se hacía
con esos fenómenos, entreví algo serio y como la revelación de
una nueva ley que me prometí profundizar”.
“Por estas reuniones, emprendí el estudio serio del espiritismo,
más por las observaciones que por las revelaciones. He aplicado a
esta nueva ciencia lo que siempre he aplicado, el método
empírico. Nunca he elaborado teorías preconcebidas. Yo
observaba cuidadosamente, comparaba y deducía. A partir de los
efectos, trataba de remontarme a las causas por deducción y por
el encadenamiento lógico de los hechos. Una de las primeras
constataciones de mis observaciones fue que los espíritus,
también llamados almas de los hombres, no tienen ni la plena
sabiduría, ni la ciencia integral. Su saber está limitado a su nivel de
desarrollo. Su opinión sólo tiene el valor de una opinión personal.
Eso ha evitado que crea en la infalibilidad de los espíritus y me ha
impedido formular teorías prematuras que no tendrían por base
más que sus palabras. El solo hecho de la comunicación con los
espíritus, sin considerar sus palabras, probaría la existencia de un
mundo invisible, pero real. He aquí un punto esencial que nos abre
enormes posibilidades de investigación. Un segundo punto no
menos importante es que esta comunicación hace posible el
conocimiento de los estados de ese mundo y sus costumbres”.
El año siguiente, 1856, las sesiones a las cuales asistió Hippolyte
Rivail tuvieron lugar en la casa del Sr. Roustan, luego en la del Sr.
y Sra. Baudin. En el seno de esta familia descubrió el ambiente
ideal para proceder a sus estudios. Caroline y Julie Baudin, de 18 y
15 años, recibían los mensajes por psicografía (escritura).
A pesar de las preguntas frívolas y materiales hechas a los
espíritus que animaban veladores y lápices, Hippolyte Rivail
observaba los nuevos fenómenos que sólo podían encerrar una
causa nueva. Por su sola presencia, las sesiones tomaron otro giro,
la ligereza de su contenido anterior se transformó en profundidad
filosófica, pues Hippolyte Rivail tomó la costumbre de asistir con
una serie de preguntas.
“Hasta entonces las sesiones en la casa del Sr. Baudin no habían
tenido ningún objetivo determinado; me propuse resolver los
problemas que me interesaban desde el punto de vista de la
filosofía, de la psicología y de la naturaleza del mundo invisible.
Llegaba a cada sesión con una serie de preguntas preparadas y
metódicamente arregladas, que siempre eran respondidas con
precisión, profundidad y de manera lógica. Al principio yo no
tenía en la mira sino mi propia instrucción; más tarde, cuando vi
que eso formaba un conjunto y tomaba las proporciones de una
doctrina, tuve la idea de publicarlo para instrucción de todo el
mundo. Son esas mismas preguntas las que, desarrolladas y
completadas sucesivamente, constituyeron la base de El Libro de
los Espíritus”.
Antes que nada el profesor Hippolyte Rivail comprendió la
seriedad de la exploración que iba a emprender, entreviendo en
esos fenómenos la clave del tan oscuro y controvertido problema
del pasado y el porvenir de la humanidad, la solución de lo que él
había buscado toda su vida. Pues como el verdadero cristiano de
antes del Concilio de Nicea, Hippolyte Rivail buscaba
incansablemente a Dios.
Vinieron luego los cuadernos de varios cientos de páginas que le
fueron confiados por sus amigos de la época que, desde hacía ya
algunos años, se dedicaban a la experimentación espírita. Eran
cuatro: el filósofo holandés Tiedeman-Marthèse, el autor
dramático Victorien Sardou, el historiador, escritor y
político René Taillandier y el editor Alfred Didier.
Después de algunos titubeos frente a esta nueva
perspectiva, Hippolyte Rivail puso manos a la obra.
Ordenó los mensajes por temas.
Aunque trabajó con alrededor de una decena de
médiums, la elaboración de El Libro de los Espíritus fue
concebida en gran parte con la participación de los
médiums Julie y Caroline Baudin, Céline Japhet y
Ermance Dufaux.
“En gran parte mi obra estaba terminada y tenía la
importancia de un libro. Pero yo quería hacerla
examinar por otros espíritus con la ayuda de diferen-
tes médiums. Más de diez médiums participaron en
este trabajo. De la comparación y coordinación de las
respuestas organizadas, clasificadas y a menudo reto-
cadas en el silencio de la meditación, he presentado
la primera edición de El Libro de los Espíritus”. De
este estudio y de las respuestas obtenidas para
coordinar el todo, surgió una fuente de verdades
espíritas de las que ningún editor quería hacerse
cargo. Allan Kardec, tal sería desde entonces su seu-
dónimo, se encargó de la edición de El Libro de los
Espíritus. Estamos en 1857. La primera aparición tuvo
lugar el 18 de abril de ese mismo año. Al momento de
publicar, el profesor Rivail se vio en aprietos para
saber cómo firmaría su obra. Siendo su nombre muy
conocido por el mundo científico, en razón de sus tra-
bajos anteriores, y pudiendo llevar a una confusión
que hasta perjudicara el éxito de su empresa, decidió
firmar con el nombre de Allan Kardec que le había
sido revelado por su guía, un nombre que llevaba en
tiempos de los druidas. Y este libro, rechazado en
todas partes, tuvo un éxito extraordinario.
Sobre el escritorio de Rivail, que finalmente
conservaría el seudónimo de Allan Kardec, hubo un
alud de cartas, provenientes de todos los medios,
sobre todo de los medios obreros: se leía a Kardec en
las urbanizaciones obreras y en las chozas. Se lo leía
también en los palacios. Anna Blackwell, la traductora
inglesa del afortunado autor, nos informa que
Napoleón III lo hizo ir muchas veces a las Tuileries para
conversar con él sobre estos asuntos que apasionaban
a la pareja imperial.
La obra filosófica que acababa de nacer plantea las
bases de la doctrina espírita y explica el pasado, el
presente y el futuro del ser humano. Una parte de
verdad acababa de escribirse en tinta indeleble.
“Cuando haya venido el consolador, el Espíritu de
Verdad, os conducirá en toda la verdad; pues no hablará
de sí mismo, pero dirá todo lo que haya oído, y os
anunciará las cosas por venir”. (Juan XVI-13)
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