Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.

martes, 24 de diciembre de 2019







LOS PIONEROS DEL ESPIRITISMO
por ETIENNE BERTHAUT 

ALLAN KARDEC, ARQUITECTO INDISPENSABLE DEL ESPIRITISMO  


LE JOURNAL SPIRITE N° 81 JUILLET 2010


“El espiritismo es una ciencia que trata de la naturaleza, origen, y destino de los espíritus, y sus relaciones con el mundo corporal. Esta nueva ciencia, cuyo nacimiento en Francia se sitúa a mediados del siglo XIX, es a la vez una ciencia de observación y una doctrina filosófica como ciencia práctica”. Allan Kardec (¿Qué es el Espiritismo?)

El espiritismo antes de Allan Kardec, los precursores

Si bien el campo de investigación espírita referente al mundo de los espíritus encontró su enfoque hace más de 150 años, es evidente que los fenómenos de orden espírita han ocurrido desde los tiempos más lejanos de la historia de la humanidad. El mundo invisible se adapta a las civilizaciones, las épocas y las comarcas, donde las prácticas se remiten a la magia y las ceremonias revisten el aspecto de cultos. A ratos se mezclan las almas de los antepasados, los dioses familiares, las intervenciones o fenómenos milagrosos, y el carácter o núcleo científico del hecho manifestado (núcleo que Allan Kardec se esforzó por poner en evidencia) es ahogado por las creencias y la religiosidad que lo envuelven a falta de algo más elaborado y más codificado. Es pues difícil sintetizar de manera exhaustiva lo que precedió a Allan Kardec. Sin embargo, es interesante señalar aquí y allá en la historia moderna de los hombres, tentativas de análisis de estas experiencias y hechos espíritas empíricos, por lo menos existe un conjunto de actas, tratados y textos que quieren recolectar y reunir lo vivido al respecto por el hombre, a falta de tener aún el material y la metodología para comprenderlo. De manera anecdótica, podemos citar la publicación en 1475 en la Suiza alemana, en Burgdorf específicamente, de un Tractatus de apparitionibus post exitum del teólogo polaco Jacques Junterbuck. Citemos también un mamotreto de mil páginas publicado en Angers en 1586 por el demonógrafo Pierre Le Loyer y titulado (¡respiren profundo!): Discursos e historias de los espectros, visiones y apariciones de los espíritus, ángeles, demonios y almas, haciéndose visibles a los hombres, dividido en ocho libros, los cuales por las visiones maravillosas y prodigiosas apariciones ocurridas, tanto sagradas como profanas, se manifiesta la certeza de los espectros y visiones de los espíritus, y se entreabren las causas de las diversas clases de apariciones de éstos, sus efectos, sus diferencias y los medios para reconocer los buenos y los malos, y cazar los demonios. Dos años más tarde apareció en Ruán, de la pluma de Noël Taillepied, doctor en teología (1540-1589) una obra más sobriamente impresa Psicología o tratado de la aparición de los espíritus, a saber, de las almas separadas, fantasmas, prodigios, accidentes maravillosos. Finalmente, recordemos en forma divertida la aparición en Sajonia en 1804, año de la consagración de Napoleón I en Notre-Dame, pero también año del nacimiento de Allan Kardec, de un libro, que por cierto hizo algún ruido, de un tal Dr. Karl Wötzel de Chemnitz: Apariciones de mi esposa después de su muerte… El moderno precursor del espiritismo fue sin duda alguna el sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772), político, filósofo místico, científico, personaje muy erudito, reconocido por su saber, su mérito y su sabiduría, miembro de la Academia Real de Ciencias de Suecia y ennoblecido por la reina Ulrica. Preocupado por la noción de Dios, la felicidad eterna y los sufrimientos morales del hombre, E. Swedenborg fue un precursor y un visionario en la medida en que intentó descubrir al Creador escrutando la creación. En una época en que la ciencia llamada moderna daba sus primeros pasos, aportó una dosis de racionalismo calificado de científico e impulsó la transición entre una verdad revelada de manera profética desde hacía siglos y un enfoque razonado de realidades filosóficas y científicas. Abrió la vía hacia esta metodología rigurosa de la observación de los hechos y los testimonios que envolvió de manera notable el conjunto de trabajos adelantados por A. Kardec más de un siglo más tarde. Su búsqueda y su actuación estaban dirigidas hacia la comprensión progresiva de Dios sobre la base de enseñanzas obtenidas por revelación a través de una mediumnidad surgida en 1745. Lo que recibió por videncia y escritura le permitió establecer una doctrina que encontró ciertas similitudes con el espiritismo: existencia de un mundo invisible o espiritual que está en permanente correspondencia con el mundo natural o material, posibilidad de comunicarse con él, unicidad de Dios. Entre los espíritus que apoyaron a Allan Kardec en el momento del desarrollo de la tercera revelación, E. Swedenborg fue de los que se comunicó con él y hasta respondió numerosas preguntas de su parte (sesiones en septiembre de 1859). Reconoció además haber cometido grandes errores en la elaboración de su doctrina, tales como el carácter eterno de las penas o el mundo de los ángeles y de los santos. En su descargo, explicó haber tenido que luchar contra más ignorancia y sobre todo más superstición, en una época donde la impronta religiosa era de las más fuertes, pero donde ya se hacía sentir la emancipación traída por los filósofos de las Luces. Si bien Allan Kardec estuvo plenamente consciente de los aspectos refutables de su doctrina, supo reconocer en él las verdaderas cualidades de aquel hombre y su aporte en las bases del naciente espiritismo: “A pesar de sus errores de sistema, Swedenborg no deja de ser una de las grandes figuras cuyo recuerdo permanecerá unido a la historia del espiritismo, del que fue uno de los primeros y más celosos promotores”. (La Revue Spirite - Noviembre de 1859) Poco tiempo antes del comienzo de los trabajos de Kardec en espiritismo, un acontecimiento mayor fue también origen de un considerable número de hechos y experiencias que marcó en un contexto particular el período de definición del espiritismo. Se trata de la conocidísima historia de las hermanas Fox, Margaret y Katie, que en 1848 percibían golpecitos y ruidos insólitos en la casita familiar de Hydesville, estado de Nueva York, en los Estados Unidos. Esos fenómenos eran producto del espíritu de un hombre cuyos restos se encontraron debajo del sótano. Era el antiguo arrendatario, un tal Charles Ryan, asesinado por el vecino. Por este suceso, del que por otra parte la historia humana puede conocer miles, el descubrimiento de un medio de comunicación con los espíritus se apoderó de toda Norteamérica y fue el origen de la considerable atracción hacia esa disciplina. En 1852, tuvo lugar el primer Congreso Espírita en Cleveland. Si bien en ese fausto contexto, pueden citarse algunos autores norteamericanos, como el médium Andrew Jackson Davis (1826-1910) o el Dr. John Worth Edmonds que realizó los primeros enfoques teóricos, finalmente el espiritualismo anglosajón no tuvo verdadera consistencia filosófica pues las leyes naturales en el origen de los fenómenos todavía no estaban bien delimitadas y permanecían mal definidas. Aunque los hechos estaban allí, bien demostrados, sus interpretaciones de acuerdo a las creencias de cada uno daban lugar a grandes contradicciones no resueltas, como por ejemplo la idea de la reencarnación, aceptada por unos, rechazada por otros. Fue la moda de las mesas giratorias o del baile de las mesas, muy apreciada en los tranquilos salones de cierta burguesía carente de sensaciones y que se propagó tanto en el Nuevo como en el Viejo Continente. Esa moda, un tanto superficial, concordaba sin duda alguna con ese siglo ávido de romanticismo donde sus más ilustres representantes, contemporáneos de Allan Kardec, no escondían sus relaciones con aquel espiritismo naciente: C. Nodier, G. Sand, G. de Nerval, T. Gautier, V. Hugo, H. de Balzac, A. de Vigny, A. de Lamartine. Todos estos místicos, estremecidos por los ideales de las Luces canalizados por la Revolución todavía cercana, habían soñado con una religión hermosa, universal, y con una sociedad fraterna en armonía con la naturaleza y con el espíritu. Y es dentro de ese contexto nutritivo y fértil que llegó Allan Kardec, o más bien Hippolyte-Léon-Denizard Rivail…

Allan Kardec, el pedagogo

Antes de convertirse en Allan Kardec a los 50 años, tuvo una vida que, no por azar, preparó y anunció este doble nacimiento, el del espírita y el del verdadero espiritismo. Detengámonos un instante en este período. Criado en una atmósfera más bien estricta, pero dentro de un espíritu de justicia y honestidad, asistió durante cerca de 15 años a una escuela famosa, multicultural e internacional, fundada por un cierto Henri Pestalozzi en Yverdon, Suiza. Influenciado por los preceptos de J. J. Rousseau, la enseñanza se quería universal, insistiendo en la espontaneidad natural del ser humano, a quien debía permitírsele desarrollar el espíritu de observación, memoria, análisis, curiosidad al contacto con la naturaleza y las cosas de la vida, allí se cultivaba más bien el arte de aprender. La educación que insistía en los sentimientos de fraternidad, igualdad, tolerancia y respeto, era a la vez, suave y severa, justa y caritativa, paternal y liberal. Esta savia construyó el niño Rivail, luego al adolescente, y forjó al hombre íntegro y erudito que fue, impregnado de claridad, método, y brevedad, que sabía ir a lo esencial dentro de un rigor muy cartesiano. Desarrolló también su sentido humanista, que toma conciencia del hombre como ser libre y universal, donde el espíritu de tolerancia y caridad debe privar sobre toda pertenencia política, religiosa, o social. Por otra parte, el joven Rivail tuvo más tarde afinidades con las ideas de la Francmasonería, que predica el mejoramiento moral y material del hombre dentro de los principios heredados del siglo de las Luces y que uno encontrará después entre las consecuencias morales y sociales del espiritismo. Convertido en pedagogo al servicio de la instrucción pública y de la educación, aplicó esa enseñanza al servicio de los demás, hasta su encuentro en 1854 con los textos espíritas que orientaron la vida que se le conoce al servicio del espiritismo. Igual que para la educación del género humano, hizo obra de educación en su trayectoria de difusión espírita, aclarando punto por punto todos los conceptos de esta nueva
espiritualidad a la luz de rigurosas observaciones y experiencias. Con un extraordinario espíritu de síntesis, efectuó un inmenso trabajo de compilación y comparación, agotando a los médiums haciendo preguntas en forma cruzada, volviendo atrás sobre los puntos oscuros o mal definidos. A cada instante aplicó, con inteligencia y método la topología educativa de Henri Pestalozzi: partir del hecho bruto, del elemento “natural”, para a fuerza de experimentación y de observación, pero también de abstracción y de intuición, establecer el precepto educativo, teórico y científico del espiritismo. Con respecto a la difusión de la nueva filosofía y ciencia espírita, fue un infatigable comunicador, brillante orador, conferencista contundente, pero a quien también le encantaba recibir en su casa a los numerosos visitantes que querían conocerlo. Con ese público atraído por las ideas espíritas, era el mismo pedagogo benevolente, que explicaba con un rigor sin fallas las menores dificultades de comprensión, procediendo siempre de lo conocido a lo desconocido, de lo simple a lo compuesto, haciendo tocar con los dedos las verdades esenciales, y no confiando al espíritu más que lo que había sido captado por la inteligencia. Ante cada crítica, sabía elevar un razonamiento irrefutable, de una claridad y una lógica temibles, porque era verdadera y justa. Esa manera de actuar, ese comportamiento de rigor y método, le permitió al espiritismo salir de los balbuceos y los hábitos de la interpretación subjetiva y empírica, al darle las armas pacíficas para oponerse a todas las contradicciones, intolerancias, y otros múltiples ataques que tuvo a sufrir en repetidas oportunidades. Aún hoy, el edificio establecido por Allan Kardec sigue teniendo una notable coherencia y es la primera obra de referencia sobre ese mundo espiritual paralelo, en permanente interacción con nuestro mundo material, y las leyes que rigen esa interacción. En primer lugar Kardec aportó esa pedagogía indispensable a la tarea de estructuración, luego de difusión, de los principios espíritas. Por otra parte, el retrato hecho por Anna Blackwell, la traductora inglesa de su obra en el siglo XIX, es revelador de lo que era el hombre y su personalidad: “Allan Kardec es de estatura media, robusto, de cabeza ancha, redonda, firme, con rasgos marcados y ojos gris claro, que más bien parece alemán que francés. Es enérgico y tenaz, pero de un temperamento tranquilo, prudente y realista hasta de una cierta frialdad. Incrédulo por naturaleza y por educación, de una razón lógica y precisa, eminentemente pragmático en ideas y acciones, se distancia tanto del misticismo como del entusiasmo. Serio, poco dado a la charlatanería, sin afectación, pero con una cierta dignidad tranquila, resultado de la seriedad y la independencia de criterio, que son los rasgos distintivos de su carácter, no busca ni evita las discusiones, pero sin aceptar críticas sobre el tema al cual ha dedicado toda su vida. Recibe amablemente a los innumerables visitantes que vienen de todas partes del mundo para hablar con ellos sobe las ideas de las que es el representante más autorizado, respondiendo a las preguntas y a las objeciones, resolviendo dificultades e informando a todos los investigadores serios con quienes habla libremente y con animación. Muestra en toda ocasión un rostro radiante, agradable, del que se transparenta su buen humor, aunque por su sobriedad natural en sus maneras, nunca se le ve reír”.

Allan Kardec, el científico

Dentro del esfuerzo de investigación positiva y de experimentación que caracteriza al fundador del espiritismo, el conjunto de sus trabajos responde a un mismo enfoque, el que ya había sido vislumbrado por E. Swedenborg, que responde a la noción de rigor científico y que parte del hecho registrado. Es también el que ya había sabido desarrollar el brillante espíritu del niño en la escuela de Pestalozzi. Recomendando a quien quisiera conocer en serio el espiritismo obligarse al estudio riguroso y profundo, él mismo definió un esbozo de metodología dentro de la observación pura y sistemática de las cosas. Así escribió en El Libro de los Médiums: “Toda enseñanza metódica debe proceder de lo conocido a lo desconocido. Para el materialista, lo conocido es la materia, partid pues de la materia, y procurad ante todo, haciéndosela observar, convencerle de que en él hay algo que escapa a las leyes de la materia”. Partiendo de la teoría espírita que se define como hipótesis de trabajo y extraída de la observación de hechos registrados, Allan Kardec invita luego a pasar revista a los fenómenos espíritas encontrados. Éstos se vuelven entonces explicados o explicables: uno puede darse cuenta, comprender la posibilidad, conocer las condiciones en que pueden producirse y los obstáculos que pueden encontrar, y eso cualquiera que sea el orden en que sean llevados por las circunstancias. Derivando lógicamente de esa conducta, lo que se pone en juego es la repetición experimental y lo que debe permitir invalidar o confirmar la teoría inicial, siendo ésta susceptible de modificaciones a todo lo largo de las comprobaciones ulteriores producidas por esos mismos experimentos. Este enfoque fenomenológico, presentido por Kardec en una época en que la ciencia moderna se encontraba en sus primeros balbuceos, no tiene nada que envidiar al moderno enfoque científico de los más grandes científicos de nuestro tiempo. Corresponde a la esencia misma del avance científico, tal y como lo aplicaron los grandes sabios de los años 1885 a 1925 sobre, por ejemplo, los fenómenos de materialización y de ectoplasmia por médiums de efectos físicos. Podemos resumir así las principales exigencias: - Observación imparcial y sistemática de los hechos, - Sometimiento de los hechos a la experimentación dentro de la capacidad de repetición y renovación de las observaciones, - Establecimiento de una teoría como hipótesis de trabajo, - Comprobación experimental de la hipótesis y si fuera necesario ajustar la tesis inicial, - Establecimiento de una ley general que considere la relación de causa a efecto, las mismas causas deben producir los mismos efectos. Nunca se apartó Allan Kardec de esta línea de conducta, heredada de su formación en Yverdon con el contacto simple pero auténtico con la naturaleza, que agudizó su sentido de la observación meticulosa y atenta. He allí el considerable aporte que permitió al espiritismo encontrar su carta de nobleza para hacer juego de igual a igual con las ciencias, porque justamente contenía en él todos los atributos de la ciencia. Esa actitud dio al espiritismo una suerte de fianza moral que autorizó finalmente a romper el sobre oculto de las creencias y las supersticiones que le impedía ser lo que realmente es: - una filosofía, pero este atributo es más fácil de comprender debido al vínculo manifiesto con las grandes cuestiones metafísicas del hombre, - y una ciencia a carta cabal, para una época en que, para existir, la propia ciencia defendía lo contrario de una fe secular donde el pensamiento humano era comprimido desde hacía siglos por la intolerancia religiosa (recordemos a Galileo) seguía siendo un reto desde el instante en que las nociones de alma, de comunicación con el más allá y de leyes divinas que allí están incorporadas, volvían a reducir más la idea espírita justamente a religión o creencia religiosa. No olvidemos que en tiempos de Allan Kardec, catolicismo y Estado todavía estaban “naturalmente” unidos, que cuando él nació el primer dirigente del país había sido consagrado por el Papa, confirmando así su legitimidad de soberano de derecho divino por la gracia de Dios.

Allan Kardec, el arquitecto indispensable

Lejos de ser una actividad arbitraria, un pasatiempo, un entretenimiento o hasta un engañabobos, la esencia misma del espiritismo se halla muy en otra parte. Para Kardec, se trata a la vez de una investigación científica y filosófica, reunir estas dos nociones convertidas en enemigas, en primer lugar porque el objetivo no es gratuito, luego porque los resultados alcanzados son indudables, y por último porque las consecuencias que impone son de un alcance y un poder capitales para la evolución y el porvenir de la humanidad. Si el espiritismo como doctrina filosófica pudo ser fundamentado científicamente, se lo debe a la particular formación de su codificador, pero también a su personalidad y su carácter. En suma, en 1854 hubo un feliz encuentro —¡pero finalmente no tan arriesgado!— entre una ciencia que daba sus primeros pasos y un hombre muy cultivado y avezado en las exigencias más objetivas del rigor científico, que hasta muchos de sus detractores saludaron. Si bien la vida de pedagogo como H. L. D. Rivail al servicio de la instrucción pública durante más de un cuarto de siglo dejó algunas huellas a través de una docena de obras reconocidas y adoptadas por la Universidad de Francia, fue el espiritismo el que hizo salir del anonimato a Allan Kardec. A la inversa, fue él y nadie más quien salvó el espiritismo del peligro de ser una simple fantasía, un entretenimiento de salón. A no dudarlo, no hubo casualidad en ese encuentro: H. L. D. Rivail fue un espíritu comisionado para cumplir justamente esa inmensa tarea de estructuración y codificación de lo que significaba el espiritismo aun antes de que existiera la palabra. Y si pasó dos veces más tiempo en la instrucción que en el espiritismo, fue porque ciertamente era preciso sembrar las semillas en el mantillo del hombre ya fértil para recoger más tarde todas las cualidades y aptitudes necesarias para ese trabajo. No se explica el espiritismo si se olvida que un hombre de razón, humanista, honesto y riguroso, hizo los experimentos antes de poner por escrito las bases del concepto espírita. Bien lejos de significar que el espiritismo había planteado como hipótesis inicial la existencia e intervención de los espíritus o cualquier otro principio de su filosofía (reencarnación, etc.) “el espiritismo llega a la existencia de los espíritus cuando esa existencia es resaltada con evidencias por la observación de los hechos” como diría él a la inversa. Si los espíritus no se hubieran manifestado, nunca hubiera habido filosofía, ciencia o moral espírita derivadas de ello. Sin su enseñanza, ningún hombre —habría sido un genio— hubiera podido encontrar los principios, las leyes y las reglas de conducta del espiritismo, y H. L. D. Rivail jamás se hubiera convertido en Allan Kardec y finalmente no se le habría concedido mayor interés.

Soporte esencial para la investigación metapsíquica

Así, es evidente que hacía falta un espíritu del temple de Allan Kardec, con el método y el rigor que fueron suyos, para demostrar a los filósofos que el espiritismo no es una doctrina abstracta, a los religiosos que no es una nueva secta, y finalmente a los científicos que el ámbito espírita es tan natural como el de la biología, la física o la química para citar sólo estas. Comprender el espiritismo significa, para todos y cada uno de los que se interesan con seriedad en el asunto, comprender y conocer a su fundador en su vida y en la obra que ha legado en herencia para toda la humanidad. Si fue inseparable de un hombre para que le diera el impulso, fue inseparable de los espíritus que permitieron esa enseñanza, pero sin embargo, no quedó encadenado al hombre para desaparecer con él. A partir de allí, el espiritismo pudo vivir y seguir viviendo su propia vida, enriquecerse con el avance de la ciencia y de las conciencias y marcar su independencia por su existencia propia, tal como el ser humano que crece después de haber sido parido. Es en ese sentido que Allan Kardec tuvo estas palabras algunos meses antes de su muerte: “El espiritismo no es más solidario con aquellos a quienes gusta llamarse espíritas que la medicina con los charlatanes que la explotan, ni la sana religión con los abusos o hasta crímenes cometidos en su nombre. No reconoce como adeptos sino a aquellos que ponen en práctica sus enseñanzas, es decir, que trabajan por su propio mejoramiento moral, esforzándose por vencer las malas inclinaciones, ser menos orgullosos, más dulces, más humildes, más pacientes, más benevolentes, más caritativos hacia el prójimo, más moderados en todas las cosas porque ese es el signo característico del verdadero espírita”. Nadie puede imaginar lo que hubiera ocurrido con la investigación parapsíquica sin el pensamiento kardecista que establece las bases ineludibles a toda reflexión sobre el asunto. Es justamente lo que proponen los diferentes artículos de esta revista explicando cómo las investigaciones, los trabajos y las obras de los continuadores, pudieron hacer avanzar la reflexión científica y filosófica a partir de esta arquitectura inicial establecida por Allan Kardec.

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