Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.

martes, 4 de febrero de 2020



UN OJO SOBRE...
LOS ORÍGENES DEL MATERIALISMO

por SÉBASTIEN DAMIN
LE JOURNAL SPIRITE N° 90 OCTOBRE 2012

Generalmente, cuando se habla a alguien de espiritismo por primera vez, uno se ve enfrentado a la misma respuesta: “Soy muy cartesiano, tengo los pies sobre la tierra” o hasta: “He tenido una formación científica”. De hecho el espiritismo es referido a lo irracional, a una forma de creencia subjetiva, una superstición. Eso revela un desconocimiento del asunto, pero igualmente una tendencia ampliamente extendida en nuestra cultura de juzgar a priori, a partir de una concepción imprecisa y materialista del mundo. Cuando hoy uno se reivindica cartesiano, se sobrentiende implícitamente que se es materialista y se sirve de ese término para condenar todo lo que se relacione de cerca o de lejos con el espiritualismo filosófico. El término “cartesiano” tiene dos acepciones: - “Partidario de la filosofía de Descartes”. Esta definición no refleja precisamente el uso que se hace actualmente de este adjetivo, simplemente porque Descartes era espiritualista. Si bien utiliza una metodología calificada de materialista, reconoce la existencia de un alma distinta del cuerpo y trata por su método de probar la existencia de Dios en el cuarto capítulo de su famoso Discurso del Método. - “Racional y metódico”. Estos términos hacen referencia directamente a la ciencia, al pensamiento científico. Las palabras de nuestros interlocutores nos revelan que creen que la ciencia, cuyos métodos aplican criterios de racionalidad y objetividad, es necesariamente materialista, y que esta posición está desprovista a priori de todo.

El abismo se profundiza con Aristóteles
Es allí donde se ve la necesidad a volver sobre las definiciones, pues se encuentra aquí una amalgama de importancia sustentada entre materialismo y ciencia, de tal suerte que ambos se confunden. ¡La ciencia es materialista, y sin embargo el materialismo no es científico! En efecto, el materialismo es un postulado filosófico, no tiene ninguna realidad científica y nunca ha sido objeto de alguna demostración objetiva. Parte del principio según el cual las leyes de la naturaleza se bastarían a sí mismas y bastarían para explicar todas las cosas. No hay creación, no hay intervención externa a la materia. El mundo sería el resultado de mecanismos materiales sin objetivo ni finalidad, y la consciencia, el pensamiento y las emociones, en otras palabras, el espíritu, serían consecuencia de estos procesos. Lo que ha generado esta amalgama es que esta concepción materialista ha permitido la aplicación de la metodología de las ciencias utilizada todavía en nuestros días. Y para comprender eso, es preciso referirse a la historia y mirar de qué manera, en el curso del Renacimiento, el pensamiento científico, al echar las primeras bases de la ciencia moderna, ha adoptado el materialismo al mismo tiempo que rechazaba la filosofía de Aristóteles y las interrogantes sobre las causas primeras que ella comenzaba a entender. En resumen, la filosofía aristotélica, transformada en doctrina oficial de la Iglesia católica romana por Tomás de Aquino en el siglo XIII, está en la base de toda reflexión filosófica o científica considerada seria hasta fines del siglo XV. Se redescubren los textos de la antigüedad y los conocimientos circulan más fácilmente gracias a la imprenta, y los mecenas reales (como los Médicis o hasta Francisco I) crean estructuras de enseñanza con miras a encontrar soluciones a problemas concretos. Eso permitirá a ciertos eruditos apartarse de la enseñanza clásica, dispensada entonces por la Iglesia y volver a cuestionar las teorías de Aristóteles que desde entonces pueden confrontar con las de otros pensadores. La revolución de las ciencias nacerá en esa época, en primer lugar por la asociación de las matemáticas y la física, disciplinas hasta entonces separadas por adhesión al pensamiento de Aristóteles. Esta matematización va a permitir la objetivación de las ciencias. Después de Arquímedes (que dejó numerosos tratados que mezclan estas dos disciplinas), Galileo asentará los fundamentos de las ciencias mecánicas que se limitan a describir los movimientos. Los Mecánicos buscan leyes, que describan los fenómenos por medio de ecuaciones matemáticas, sin conceder ninguna importancia a la filosofía. Pero, al no interesarse sino en el funcionamiento de los fenómenos físicos, toman las leyes matemáticas como causa y, quiérase o no, este punto de partida es ya una toma de posición filosófica que se inscribe en la continuidad del atomismo antiguo, representado por Leucipo o Demócrito. Estos últimos pensaban que el universo estaba constituido por vacío y átomos, multitud de pequeñas unidades indivisibles. Esta teoría está en contradicción con la de los cuatro elementos de Aristóteles según la cual no hay vacío. Rechazan toda trascendencia, toda finalidad. Son los primeros materialistas llamados “mecanicistas”, buscan explicaciones únicamente mecanicistas a los fenómenos de la naturaleza y darán nacimiento a la tradición naturalista de la cual derivan las ciencias. Es por esta razón que algunos consideran a Demócrito como el padre de la ciencia moderna.

El segundo factor de la revolución científica es la importancia concedida desde entonces a la experimentación y allí se profundiza aún más el abismo con Aristóteles. No es que él no conceda importancia al empirismo, sino que para él, la mecánica, los fenómenos terrenales están en el campo de lo corruptible, son por tanto imperfectos y distintos a la física del Cosmos, incorruptible y perfecta. Partiendo de allí, él no atribuye verdadero valor a la experimentación. La idea que finalmente desacreditará a Aristóteles entre la comunidad de los eruditos es su concepción geocéntrica del mundo. Pues una de las mayores consecuencias de esta revolución científica va a tener lugar en astronomía; el espacio que hasta entonces se representaba cerrado y jerárquicamente estructurado con la Tierra en su centro, se abre y se vuelve infinito. Es una revolución sin precedentes. ¡El hombre ya no está más en el centro del mundo! Esta controversia sobre la concepción heliocéntrica del mundo provocará reacciones violentas por parte de la Iglesia y también es probable que se encuentre allí una explicación al rechazo de las “causas primeras”. La imagen de Dios vendida por la religión ya no corresponde a la realidad de los hechos. Con el transcurrir del tiempo, al probar la no existencia de Dios tal y como era percibido por los religiosos de la época, los eruditos rechazarán a la vez su existencia y la noción filosófica a la que está asociada. Al desacreditar al Dios de la religión, eliminarán progresivamente al Dios de los filósofos. Es así como la ciencia de hoy, en un enfoque que no puede calificarse sino de reduccionista, responde únicamente en términos de funcionamiento, limitando la vida a fenómenos físicos y químicos sin ningún objetivo. “¿Por qué vivimos? Porque tenemos un corazón. ¿Y por qué tenemos un corazón? Para hacer circular la sangre, etc.” El materialismo está tan arraigado que cuando se explica un mecanismo, se piensa inconscientemente que se ha resuelto la cuestión de la causa de ese mecanismo.

Algunos científicos piensan igualmente que la ciencia es distinta de la filosofía. Ahora bien, acabamos de ver que no es así. Dicho de otra manera, ellos son materialistas aun sin saberlo, o para algunos, sin querer reconocerlo. Prisioneros de esta concepción materialista, justificada por el concepto de ciencia, no ven siquiera que están aceptando un postulado filosófico sin ninguna forma de razonamiento. Desde este punto de vista, puede afirmarse que están dentro de una forma de creencia. En efecto, contrariamente a lo que comúnmente puede ser admitido, la creencia ya no está vinculada más particularmente a una idea que a otra, pero sólo por la manera en la que uno se hace esa idea, es una convicción que se hace sin pasar por el razonamiento, y está claro que esa es la forma en que el materialismo es aceptado globalmente. Pretendiendo que su razonamiento es independiente de la filosofía, los científicos tuercen cualquier debate y lo vuelven casi imposible, pensando que se colocan en la objetividad más total. Pero, si bien el materialismo ha permitido a la ciencia tomar el camino de la objetividad, eso no le confiere el estatus de objetividad absoluta, y por tanto de la verdad. Lo que es aún más grave es que por extensión, la población, que tiene fe en la ciencia y en sus representantes, se vuelve igualmente materialista sin sospechar que muchos de estos últimos basan sus certezas en un concepto filosófico que ni siquiera se han tomado el trabajo de ponderar, ¡y ni siquiera de pensar que un día podrían cuestionarlo! Ahora bien, ¿es realmente posible separar la ciencia de la filosofía? Parece que no, pues el pensamiento es un todo indivisible. Los epistemólogos (como Kuhn o Feyerabend) han demostrado que la racionalidad científica es dependiente del contexto en el cual se ubica y no es razonablemente factible separar un objeto del sujeto que lo observa. El argumento filosófico más extendido que va en contra del materialismo es que la materia, o hasta las matemáticas, no pueden existir sin el espíritu que formula el concepto. Pero entonces, ¿por qué los científicos, materialistas en su conjunto, quieren evitar esta cuestión de las causas primeras? Simplemente porque ellos buscan y estudian las leyes universales, revelan la lógica sobre la cual descansa la organización del mundo. Ahora bien, estos términos “leyes, lógica, organización…” son completamente antinómicos con los conceptos de azar o de nada, a los cuales hacen referencia implícitamente cuando declaran que la vida no tiene sentido. Es matemáticamente imposible probar que la organización nace del azar o de la nada y la respuesta al porqué implica necesariamente una voluntad y una causa primera inteligente, en otras palabras, la existencia de un Dios. Si se postula que todo efecto tiene una causa material, los fenómenos que prueban la existencia de lo inmaterial no pueden existir, entonces no es necesario tomarse el trabajo de observarlos.

La trayectoria racional del espiritismo

Es aquí donde interviene el espiritismo. Al contrario del materialismo, el espiritismo tiene la particularidad de que no es un postulado, es el resultado de la comparación de observaciones científicas basadas en hechos objetivos. Se han realizado numerosos trabajos, sobre los cuales volvemos a menudo, por científicos tales como William Crookes o Gustave Geley que trabajaron no sin dificultad, en los experimentos más tangibles que fueron, a saber, la materialización de los espíritus. Muchos científicos y/o cartesianos que han defendido el espiritismo, rechazaban al principio la existencia de los fenómenos que se vinculaban a él, pero revisaron su punto de vista enfrentándose a la realidad de los hechos, se puede citar al juez Edmonds, James Mapes (profesor de física), Cesare Lombroso… El mismo Allan Kardec no veía en las manifestaciones de mesas giratorias más que “un cuento chino”. Y este es un dato importante: ellos no buscaban de entrada demostrar a priori una opinión o confirmar una hipótesis filosófica. Sus conclusiones fueron fruto de un razonamiento lógico que se apoya en un largo trabajo de observación y experimentación. No es casualidad que el espiritismo haya nacido en plena época positivista. En todas las épocas y en todas las civilizaciones se han relatado hechos calificados de sobrenaturales, que han dado lugar a diferentes interpretaciones, creencias, religiones o supersticiones. Su análisis en gran número, efectuado gracias al método científico, llamado “materialista”, ha dado a luz el espiritismo y se puede afirmar que contrariamente al materialismo, el espiritualismo ha sido demostrado científicamente. De estas observaciones científicas se han desprendido consecuencias filosóficas. Tampoco han sido datos prefabricados. La filosofía espírita es la conclusión de un trabajo de investigación de los mecanismos y las leyes que rigen la mediumnidad luego de análisis, comparación y cotejo de las comunicaciones obtenidas a través de una multitud de médiums. Sus conclusiones no surgen de intuiciones emanadas de un solo hombre, sino del diálogo con la diversidad de espíritus que pueblan el más allá. Además, la prueba de la existencia de los espíritus es completamente intelectual. En efecto, propongan a varias personas no médiums que hagan escritura automática y descarguen por ese medio su inconsciente, dudo mucho que un día puedan llegar a un sistema filosófico complejo, inteligente y coherente, confrontando los resultados obtenidos. Si esta prueba no es material, no es por ello menos espectacular.

El espiritismo, trazo entre la ciencia y la filosofía
Sin embargo, esta revolución intelectual y espiritual parece haber pasado desapercibida a los ojos de la historia, y sin duda, supone para el pensamiento humano un choque del mismo orden que el que tuvo lugar en el Renacimiento. Es decir, que no compromete al hombre únicamente en su racionalidad, sino igualmente en su afectividad, lo toca, lo vuelve a cuestionar colectivamente, pero también personalmente, en su forma de percibir el mundo y de percibirse a sí mismo. Las relaciones tan pasionales y esta defensa tan fuerte del materialismo se basan en el hecho de que el pensamiento científico con el cual se ha confundido, ha permitido la emancipación social de los individuos liberándolos de las desigualdades justificadas por el derecho divino. Ya al principio, Demócrito, por su concepción materialista, trataba de liberar al hombre del miedo a los Dioses y estimularlo a responsabilizarse, y si ese rechazo a la existencia de una causa primera es todavía tan fuerte hoy, es porque está acompañado por una viva emoción de rebelión frente a las injusticias que esta concepción ha servido, y sirve aún, para justificar. En un arranque emocional de rechazo, todas las corrientes espiritualistas de pensamiento, llamadas “trascendentes”, que designan realidades completamente diferentes, se amalgaman. De esta manera el espiritismo se asocia a la mitología, a las supersticiones, a las religiones y se encuentra reducido a una caricatura vinculada a su nacimiento: las mesas giratorias. En general, proponer la existencia de Dios nos vuelve a enviar automáticamente a una posición reaccionaria, medieval, si es que no es vista con condescendencia como una necesidad de aferrarse a cualquier cosa. Sin embargo, la noción de Dios propuesta por el espiritismo está vinculada con la filosofía, es decir con la reflexión y desemboca en consecuencias humanistas y progresistas. El espiritismo nos enseña que la evolución es larga, lenta y difícil. Y si bien la revolución científica ha permitido un progreso moral, el materialismo no ha puesto fin a los mecanismos de dominación que rigen las relaciones humanas. Así como hay que denunciar los abusos de la religión, no hay que olvidar denunciar los abusos del materialismo. Los religiosos católicos se han servido del mensaje de igualdad y fraternidad de Jesús para asentar su poder, los materialistas de hoy se sirven de la ciencia, instrumento de objetividad, para imponer su subjetividad, su creencia en un mundo sin objetivos. Así como era herético cuestionar la existencia de Dios, desde ahora es oscurantista proponer su existencia. Tratando absolutamente de reducir al hombre a un conjunto de reacciones físicas y químicas, el materialismo hace, implícita y moralmente aceptable la explotación del hombre puesto que no es sino una máquina. Igualmente vuelve políticamente correctas las injusticias y dominaciones de todo género. Ha permitido, por ejemplo, el nacimiento de teorías dudosas como la del “darwinismo social”.
Nuestro objetivo no es imponer nuestra visión del mundo, no hacemos sino dar testimonio, a quien quiera escucharlo, de que la muerte no existe, basta con examinar los trabajos de los precursores del espiritismo para convencerse. Esta verdad tiene consecuencias sociales. Retirando al hombre su alma, se le retira su humanidad y es este el sentido de nuestra lucha.

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