Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.
miércoles, 22 de enero de 2020
DANTE Y VIRGILIO EN EL INFIERNO - ADOLPHE WILLIAM BOUGUEREAU (1850)
DOSSIER
MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
SOBRE LA INIQUIDAD DEL INFIERNO
por JOKADIA HAMADOU
JOURNAL SPIRITE N° 104 avril 2016
Encontramos muchas similitudes en el significado del infierno en diferentes épocas y en diferentes religiones, pero también en la mayoría de las interpretaciones que de él hacen los humanos, cualquiera que sea su medio cultural. En efecto, en numerosos casos, el infierno representa un lugar, o un estado de sufrimiento, en el que el ser se ha sumido temporal o eternamente, según las culturas, a causa de las malas acciones que hubiera cometido. En el transcurso de los siglos, el infierno ha causado grandes temores a los creyentes de las diferentes religiones politeístas y monoteístas. Vamos a descubrir la historia de este infierno antes de volcarnos a la visión espírita, que nos aleja de los arquetipos religiosos con su cortejo de tormentos y sufrimientos eternos.
GÉNESIS DEL INFIERNO
Es imposible dar una fecha sobre los antecedentes de una creencia en el infierno, pero si de repente los hombres se dedicaron a practicar rituales para los muertos, fue porque comenzaron a interrogarse sobre el lugar a donde irían después del fin de su vida terrenal. Desde las primeras civilizaciones, encontramos rastros de una creencia en un mundo infernal. Antes de los primeros escritos, las civilizaciones de tradición oral nos hacen descubrir a través sus relatos los mundos subterráneos, a veces en el centro de la Tierra, donde se alojarán los muertos. En pueblos culturalmente muy alejados de nosotros, como los indios de Norteamérica, los yuraks de Siberia o los tártaros, encontramos la práctica del chamanismo para ayudar a los muertos a encontrar su destino. Para la mayoría de estas civilizaciones, hay una noción de viaje que conduce al infierno o al paraíso. Ciertos pueblos primitivos del Tibet despliegan un mapa al lado del difunto para que pueda encontrar el camino de los infiernos que parece ser una ruta obligatoria antes de acceder a la inmortalidad. Para la mayoría de estos pueblos, el infierno no parecía ser un castigo infligido por razones conductuales, sino más bien una iniciación que, según su éxito o su fracaso, llevarían en una dirección u otra. Era también una continuación de la vida que llevaban en la Tierra, los poderosos seguían disfrutando de sus poderes, los marginados seguían excluidos y los que vivieron una vida simple experimentaban una existencia neutra y sin tropiezos. En la mayoría de estas civilizaciones, la suerte de los muertos era más bien colectiva que individual a causa de la importancia del grupo en la supervivencia de cada uno. Los primeros rastros escritos sobre el infierno los encontramos entre los sumerios y los akkadianos en Mesopotamia; se convierte en un lugar más elaborado, de acuerdo con las sociedades nuevas, más organizadas, donde los que tienen el poder pueden golpear a los débiles que no obedecen las reglas de la sociedad. Así, los Dioses castigarán a las almas desobedientes que lleguen a sus reinos. Gracias a las religiones, se bosqueja en los códigos de la sociedad un sentido de moral y ética, y el infierno se convierte en un lugar de castigo donde van los transgresores de las reglas, los que no se han ajustado a la moral religiosa.
EL INFIERNO EN EL JUDAÍSMO
En la Torá, no hay noción de infierno. Los judíos creen particularmente en la ley del Talión: Dios te golpeará en la Tierra por los pecados que cometas en la Tierra. Las carestías, guerras y epidemias, son castigos colectivos que Dios manda a los hombres. Luego, a partir de los profetas, entramos en una responsabilidad individual y aquel que viole las leyes religiosas se verá sancionado por los hombres pero también por Dios. Los textos hebraicos no admiten sino tardíamente un lugar donde irá el hombre después de su muerte, a expiar sus pecados. En el libro de Isaías aparecen pasajes sobre llamas o fuego para castigar al hombre, pero estos castigos parecen más bien de orden terrenal, un Dios que viene a destruir a los impenitentes con su cólera. En la visión hebraica, después de la muerte las almas van por mucho tiempo al sheol, es decir a las profundidades de la tierra, un lugar donde les esperan, según las palabras hebreas utilizadas en el Antiguo Testamento, “Sahat” la perdición, “Avadon” la desaparición y “Duma” un mundo muerto y mudo. La visión del después de la muerte es muy materialista. No es cuestión de resurrección y los malos, igual que los buenos, son destinados al mismo castigo. De acuerdo a los contactos con otras civilizaciones, pero también de las pruebas sufridas en el transcurso de las invasiones, han evolucionado las reflexiones sobre la existencia de un castigo infernal. Las creencias venidas de las diferentes filosofías helenistas, entre ellas los Epicúreos, confirman a los judíos en una concepción materialista de la muerte. En el libro de Daniel, en 160 antes de J. C., encontramos escrita por primera vez la creencia en una condena eterna con estas palabras: “Muchos de los que duermen en el suelo polvoriento despertarán, éstos para la vida eterna, aquéllos para el oprobio, para el horror eterno”. Pero en el judaísmo, existían diferentes corrientes y no todos estaban de acuerdo en cuanto al destino de las almas después de la muerte. Los Saduceos tenían una visión más bien materialista de la muerte. Como en sus antiguas escrituras, estaban convencidos de que no había infierno ni paraíso, mientras que los Fariseos creían que los hombres eran juzgados en el más allá y que los que habían cometido malas acciones estaban destinados a los tormentos. Algunos de ellos creían igualmente en la reencarnación. Los Esenios pensaban que las almas eran eternas y que los que habían tenido una vida virtuosa eran recompensados mientras que los que habían cometido malas acciones estaban destinados a tormentos eternos. Cada vez se hace más evidente para ciertos investigadores que los primeros cristianos fueron influenciados por esta última corriente, pero algunos todavía se preguntan si Jesús perteneció a esta comunidad.
EL INFIERNO EN EL CRISTIANISMO
Contrariamente al judaísmo, el cristianismo rápidamente mencionó un mundo después de la muerte, pero los primeros Evangelios resultan bastante confusos en cuanto a la existencia de un mundo infernal donde los malos sufrirán castigos. No fue sino a través de los siglos, cuando los dogmas fueron cada vez más numerosos, que el “infierno” se convirtió en un lugar con descripciones precisas. En los Evangelios, la palabra infierno aparece muy poco; sólo se menciona en los Evangelios de Mateo y de Marcos, pero con imágenes bastante terrenales. Según ellos es comparable a la Gehenna que se refiere a un culto cananeo donde se quemaban las ofrendas de animales y los desperdicios, desprendiendo continuamente un olor a putrefacción. El infierno cristiano es la síntesis de diferentes influencias, tanto religiosas como legendarias. Deriva principalmente del judaísmo en su visión del Apocalipsis donde los hombres, después de despertar entre los muertos, sufrirán el juicio final. Con el transcurrir del tiempo, el mundo infernal cristiano ha sido más estructurado, en primer lugar gracias a las visiones llamadas proféticas de religiosos que dan testimonio de imágenes de condenados que se queman y de las torturas infligidas. A partir de la Edad Media, las comunidades religiosas organizadas y agrupadas en estructuras, comenzaron a establecer reglas más rigurosas. Fue en esos tiempos de oscurantismo, cuando los monjes establecieron una lista de los pecados que llevan al infierno. Este período inspiró también a muchos artistas, filósofos y religiosos, acerca de las descripciones de los suplicios infligidos en aquel lugar; la mayor obra de Dante, El Infierno, es ejemplo perfecto de ello. Estas imágenes son propicias para controlar a cierta parte de la población y eficaces para despertar un temor primitivo entre los más recalcitrantes. Esta justicia implacable era igualmente una respuesta dada a los humildes conversos al cristianismo que necesitaban respuestas, ellos que habían sufrido tantas privaciones sin quejarse. ¿A dónde irían después de esta vida de sufrimientos? Y los que habían cometido tantas fechorías a su alrededor, ¿se alojarían con ellos en el paraíso? Aún tenemos esa visión tan terrenal de la justicia: el que no ha sido castigado en la Tierra pagará en el otro mundo. Por otra parte, este es el mismo argumento que fue utilizado por los misioneros para imponer una conversión a los indios de América. Esta concepción punitiva del infierno les chocaba terriblemente, a ellos que tenían una visión más bien iniciática de ese tránsito después de la muerte, y no la de una condena eterna donde, como dice Dante en su obra emblemática, al que entre no se le permite ninguna esperanza.
EL INFIERNO EN EL ISLAM
Desde los primeros textos, el Islam ha tenido una representación muy elaborada del infierno, influenciada tanto por las leyendas orientales como por el judaísmo y el cristianismo. Ha sido con
el transcurso del tiempo, que el infierno musulmán se ha vuelto complejo de definir para los teólogos, a causa de las parábolas muy gráficas utilizadas para describirlo. Lo que en una época parecía ciertamente muy evidente en un lenguaje muy poético, se ha convertido hoy en fuente de análisis, reflexiones y cuestionamientos sobre las propias palabras del Profeta. La fe musulmana es dictada por los suras del Corán, sin olvidar los hadiths que constituyen las palabras del Profeta Mahoma. Se suman también los comentarios llamados “tafsîr”, hechos por los eruditos, especialmente los imanes o los parientes de Mahoma, y que, a fuerza de cambios y estudios sobre los mensajes recibidos del Profeta, se han convertido de alguna manera en textos sagrados. Pero en el islam, el destino de las almas después de la muerte está regido por la fuerza de sus creencias y la sinceridad en sus prácticas religiosas cuando estaban en la Tierra. En efecto, llegadas al más allá, estas almas son interrogadas al respecto por dos ángeles llamados Nakîr y Munkar, y si no son capaces de recitar la profesión de fe, el “shâhâdâ” que da testimonio en una frase de la unicidad de Dios y de su enviado Mahoma, son sometidas ya a torturas. Tienen una percepción de lo que les espera después del juicio final a través de la prueba de las tumbas, donde el impío ve acercarse las paredes, pareciendo querer aplastarlo y ahogarlo. Los hombres tendrán el veredicto de su suerte eterna en el fin del mundo, cuando todos los muertos sean reunidos por el sonido de una trompeta que anunciará el comienzo del juicio. Según un hadith, el ángel Isrâfil “…fue designado para soplarla, mira en dirección al Trono del Todo-misericordioso, esperando la orden, pero temiendo fallar la orden de su Señor, sus ojos son como dos planetas redondos”. Alá juzgará a todos los hombres después de haber consultado, para cada uno, su manuscrito personal donde están inscritos todos los actos de su vida ya sean buenos o malos. Este manuscrito, recuerda el peso de las almas en la mitología egipcia, cuando ésta se coloca en un lado de una balanza y del otro un trozo de papel donde está escrita la “profesión de fe” o “shâhâdâ”. En el Islam, la primera cualidad para evitar los fuegos del infierno es la fe. Aquellos que sean condenados al infierno serán llevados por los demonios allí, a donde reina Malik, guardián de ese mundo que, según un versículo, existirá “hasta que duren los cielos y la Tierra”. Así, como en el cristianismo, encontramos esta creencia de la condena eterna.
El siglo XVII vio el infierno muy duramente cuestionado. No es sorprendente entonces que sea la época en que la ciencia desacredita a la religión especialmente a través de sus teorías sobre el heliocentrismo. A pesar de la amenazadora Inquisición, intelectuales como Spinoza y Hobbes rechazan firmemente la existencia del infierno, y el filósofo Pierre Bayle hasta cuestiona a la Iglesia por tolerarlo y la ataca diciendo que el infierno está en contradicción con Dios. En el siglo XVIII, son más numerosos los filósofos que siguen la ruta de Pierre Bayle y cuestionan el fundamento mismo del infierno. Numerosos intelectuales de esta época tienen su opinión sobre el asunto. Voltaire afirma que es una respuesta humana a nuestra incapacidad para hacer reinar la justicia en la Tierra; Montesquieu rechaza el aspecto eterno de las penas y a través del filósofo Jean-François Marmontel, nos encontramos con la idea de que el infierno está en la Tierra a causa de todas las atrocidades cometidas. De allí la frase “El infierno, son los demás” extraída de Huis Clos (A Puerta Cerrada) de Sartre, quien afirmaba, sin embargo, que poca gente había comprendido el sentido mismo de este pensamiento. En una entrevista en su residencia, explicó que él no pensaba que todas las relaciones humanas eran tóxicas, pero que ciertas relaciones humanas, cuando son malas, puesto que dependemos de nuestras relaciones con los demás, podían ser un verdadero infierno. De esta misma frase, resulta el verdadero problema de cada ser humano: vivir en armonía con los demás. Las respuestas de los espíritas sobre la existencia de un infierno resultan de los mismos cuestionamientos de los filósofos del siglo XVII hasta el XX: ¿cómo podría un Dios infinitamente bueno y perfecto condenar a los hombres a sufrimientos eternos? Eso iría en contra de esa fuerza infinita de amor y bondad. Es evidente que las malas acciones entrañan consecuencias sobre aquellos que son objeto de ellas, pero igualmente sobre aquellos de las que son origen. Ese es un vínculo de causa a efecto, y no dirigido por la voluntad de un Dios vengativo que nos castigaría y nos condenaría eternamente sin posibilidad de redención. El espíritu malo, cuando se encuentra en su más allá, debe hacer frente a sus actos y a sus consecuencias sobre sus víctimas. Sabemos que todos hemos sido creados imperfectos, simples e ignorantes; reencarnamos para aprender y progresar para acercarnos a la fuerza divina. Y es también esta ley de evolución la que llevará a la transformación de nuestras sociedades. Nuestras sociedades han pasado por la creencia en el infierno que podría preservar cierta moral; hoy, ya no es el miedo lo que debe incitar a los humanos a actuar en el sentido del bien. La sociedad deberá transmitir por su equidad, su amor y su voluntad de hacer el conocimiento accesible a todos, su respeto de cada uno en sus diferencias donde los valores humanos sean puestos por delante. Ya no debe ser regida por la creencia, sino por la razón que incita al análisis, a la comprensión y a la apertura. El espiritismo tiende hacia esa perspectiva, donde la espiritualidad creará vínculos entre la gente de ciencia, filosofía o historia, para el avance de una humanidad liberada de su infierno, el de aquí y el del más allá, que ya está demostrado que no existe.
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