Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.
lunes, 13 de enero de 2020
EVA CARRIERE
DOSSIER GABRIEL DELANNE
por FABIENNE DUCOURNEAU & VALÉRIE FAUVEL
EXPERIENCIAS EN VILLA CARMEN
LE JOURNAL SPIRITE N° 87 JANVIER 2012
Gabriel Delanne, ferviente defensor del espiritismo, fue siempre fiel a los principios de Allan Kardec, y a lo largo de toda su vida trabajó en la demostración científica de los hechos espíritas. En sus obras relató numerosos experimentos realizados por los metapsiquistas de su tiempo junto a médiums de efectos físicos. Vamos a dedicarnos más particularmente a algunos experimentos, entre otros vividos por Gabriel Delanne. Estos experimentos están descritos en parte en dos de sus obras tituladas Las apariciones materializadas de los vivos y los muertos, los fantasmas de vivos y Las apariciones materializadas de los vivos y los muertos, apariciones de difuntos aproximadamente mucho tiempo después de la muerte. Sus desplazamientos, relacionados con la investigación de las manifestaciones espirituales lo condujeron a menudo hacia otras comarcas y especialmente a Argel, más exactamente a la Villa Carmen, casa del señor y la señora Noël. Fue así como, a lo largo de cerca de dos meses, durante el año 1903, Gabriel Delanne realizó una larga serie de sesiones. Numerosos informes pormenorizados de estas sesiones fueron publicados en la Revista Científica y Moral del Espiritismo, entre 1905 y 1906 y por el profesor Charles Richet (fisiólogo y premio Nobel en 1913) quien escribió Los fenómenos llamados de materializaciones de la Villa Carmen. Dejemos hablar a Gabriel Delanne de una sesión vivida en la Villa Carmen, con la médium señorita Marthe Béraud (conocida bajo el seudónimo de Eva Carrière), una muchacha para la época de los hechos: “Ciertas personas podrían creer que, con un buen médium, se consiguen fácilmente los fenómenos. ¡Ay! La realidad es muy otra. Las buenas sesiones son, por el contrario, relativamente raras, ya sea a causa de las disposiciones del médium, o en razón de los asistentes que no siempre aportan elementos idénticos, sobre todo cuando son introducidos nuevos miembros, o hasta simplemente según su estado de fatiga corporal o de estado mental, que necesariamente varía mucho durante una serie bastante larga de experimentos. Hay pues que tener una gran paciencia durante esas investigaciones y no desanimarse si se producen numerosos fracasos. Fue sólo en una sesión por la tarde del 29 de julio de 1903, que me pude convencer de la independencia de la forma materializada que decía llamarse Bien Boa (antiguo gran sacerdote, muerto 360 años antes), y del médium. Después de una minuciosa inspección a la sala, y cuando los asistentes estuvieron sentados alrededor de la mesa, la aparición se mostró entre las cortinas, al cabo de casi un cuarto de hora. La cabeza está cubierta por un turbante, los brazos están desnudos, el rostro es blanco. El fantasma se desvanece hacia la izquierda a fin de descubrir a la señorita Marthe B. que está sola en el gabinete. Ella está sentada en el sillón, su mano izquierda sosteniendo la cabeza echada hacia atrás, y la mano derecha descansando sobre su falda negra. Se distinguen poco sus rasgos a causa de la inclinación de su rostro. Al mismo tiempo, veo la aparición, a la izquierda, medio tapada por la cortina del gabinete. En este momento, el espíritu se endereza ligeramente y sale un poco de las cortinas… Veo su figura: su nariz es recta, su bigote y sus ojos son negros. Su atavío blanco tiene movimientos ondulantes… Volviéndose, él (el espíritu), entra a medias en el gabinete, y con su mano izquierda toma la mano derecha de la señorita Marthe, la levanta y la deja caer sobre su vestido. Esta vez, he visto muy bien el movimiento de la articulación del codo de la médium. La señora X., mejor ubicada que yo, puesto que está de frente, declara que ve las dos manos del espíritu y las de la médium. Luego las cortinas se vuelven a cerrar… Al finalizar la sesión, estando al lado de la médium que vuelve lentamente en sí, compruebo que su blusa está absolutamente mojada y se adhiere a su busto. No puede tener nada oculto allí. La falda está pegajosa y resalta las formas delgadas de las piernas; no podría disimular todo lo que sería necesario para simular al espíritu: telas, máscara, barba, etc., y además, manos artificiales y una segunda máscara, pues si ella se disfrazara de espíritu, haría falta necesariamente, además de sus ropas, alguna cosa en su lugar para imitar el relieve de su cuerpo, su figura y sus manos. La aparición no es un maniquí, pues todos la hemos visto desplazarse mientras que la médium estaba inmóvil… Después de cada sesión, la sala y el gabinete eran revisados tan cuidadosamente como al comienzo, de modo que no queda más que la alucinación para explicar los hechos pues ciertamente, nadie ha entrado en la sala y ninguno de los asistentes abandonó su lugar”.
Durante toda su vida, Gabriel Delanne asistió y controló diferentes experimentos. Este género de fenómeno no fue fotografiado una vez sino cien veces, lo que le llevaría a decir que la fotografía constituye la prueba absoluta y que la alucinación colectiva es una objeción imposible. Sin embargo, aun cuando los hechos parecen innegables, numerosas personas los han negado y los niegan siempre. Un erudito de la época, Gustave Le Bon, propuso a los médiums que averiguaran la realidad de sus experimentos y ofreció un premio de 2.000 francos a aquel que, en pleno día, lograra una experiencia de levitación, es decir levantar por sus solos medios psíquicos un objeto colocado sobre una mesa. Así fue como Gabriel Delanne se encontró un día del año 1900 en la casa de Camille Flammarion con la médium Eusapia Paladino y Gustave Le Bon: “Después de una primera levitación obtenida a plena luz, habiendo Le Bon u otro, expresado una duda sobre la inmovilidad real de la médium, Flammarion se hizo traer un servilleta; con esa servilleta, ató los pies de Eusapia, luego dos de los asistentes le sostuvieron las manos. Entonces la mesa se levantó y permaneció algunos instantes en el aire. ¡Le Bon no quedó convencido!” Con frecuencia Gabriel Delanne dio testimonio de experiencias vividas y especialmente de aquellas a las cuales asistió en el seno del pequeño grupo familiar, con su padre Alexandre y su madre Alexandrine, notable médium escribiente. En numerosas conferencias tuvo ocasión de hablar de los experimentos hechos con su madre donde él decía: “He visto a mi madre quien, como he dicho, era una excelente médium, dar a una persona una respuesta en ruso, con la escritura exacta de la madre de ese extranjero, fallecida hacía mucho tiempo, y escribir, para un italiano, un mensaje en dialecto de los alrededores de Turín, lengua que ella desconocía completamente”. Aunque Gabriel Delanne estuvo familiarizado, desde muy joven, con el vocabulario espírita y asistió a numerosos sesiones, su convicción se forjó gracias a los experimentos convincentes, a su rigurosa observación y a su comprensión de los fenómenos. ¡Fue a buscar las pruebas en aldeas desconocidas que los espíritus le habían indicado; asistió a apariciones, fenómenos de mesas, golpecitos y muchas otras manifestaciones que es imposible explicar sin la intervención de los espíritus! Es imposible, decía, que esos hechos sean resultado de la superchería o de una grosera ilusión: —Porque han sido estudiados por eminentes eruditos y esos químicos, esos físicos, esos naturalistas, son los más aptos para pronunciarse con conocimiento de causa sobre la validez de una prueba; —Porque los experimentos han sido controlados, un grandísimo número de veces, por observadores independientes, escépticos al principio, que no se conocían, y el resultado de esas investigaciones fue idéntico en todos los países; —Porque estos fenómenos ofrecen, en todas las latitudes, los mismos caracteres fundamentales, de donde resulta que son debidos a una misma causa; En fin, pensamos que la masa de los testimonios, su valor, su autenticidad, son tales, que es imposible recusarla sin un examen profundo.
El espiritismo ante la ciencia Dejaremos a Gabriel Delanne la tarea de concluir en cuanto a la posible síntesis entre ciencia y filosofía, síntesis que el espiritismo realiza y que está contenida en el prefacio de su obra El fenómeno espírita: “El espiritismo es una ciencia que tiene por objeto la demostración experimental de la existencia del alma y su inmortalidad, por medio de comunicaciones con aquellos a quienes impropiamente se ha llamado los muertos. Hace casi medio siglo que se emprendieron las primeras investigaciones sobre este asunto, hombres de ciencia del más alto valor han dedicado largos años de estudio a comprobar los hechos que son la base de esta ciencia, y han sido unánimes al afirmar la autenticidad cierta de estos fenómenos que parecían fruto de la superstición y el fanatismo. No se conocen estas investigaciones en Francia, o se las conoce mal, de modo que el espiritismo permanece siempre, a los ojos del gran público, como la farsa de las mesas giratorias. Sin embargo, el tiempo ha hecho su labor y esta doctrina presenta hoy, al examinador imparcial, una serie de experimentos rigurosos, conducidos metódicamente, que prueban de una manera cierta que el yo humano sobrevive a la desagregación corporal. Son estos resultados los que deseamos exponer, para que ellos implanten en todas las conciencias la convicción de la inmortalidad, no ya basada sólo en la fe o en el razonamiento, sino sólidamente apuntalada por la ciencia, procediendo con su severo método positivo. La generación actual está cansada de las especulaciones metafísicas, rechaza creer en lo que no está absolutamente demostrado y, si el movimiento espírita, que cuenta ya en todo el mundo con millones de afiliados, no ha tomado el primer lugar, es porque hasta ahora sus adeptos no se han preocupado demasiado, por poner ante los ojos del público hechos bien comprobados. La mayoría de las publicaciones periódicas contiene comunicaciones de espíritus que pueden ser interesantesa ciertos puntos de vista, pero cuya autenticidad no es absolutamente demostrada, de modo que no producen el efecto deseado. Las obras francesas sobre este tema, publicadas desde Allan Kardec son repeticiones, salvo los libros de Eugène Nus, de Gardy de Genève y del Dr. Gibier, que no presentan ningún punto de vista original sobre la cuestión, de modo que el movimiento se ha frenado. Es necesario darle un nuevo impulso. Para ello, es preciso ir con su siglo y saber plegarse a las necesidades de nuestra época. El materialismo está triunfante por todas partes, pero se siente ya que su reino no será de larga duración. Para destruirlo, basta con tomar prestadas sus armas y combatirlo en su terreno. La escuela positivista se encierra en la experimentación; hagamos como ella: no tenemos ninguna necesidad de recurrir a otros métodos, pues los hechos, como dice Alfred Russell Wallace, son cosas pertinaces de las que no es fácil deshacerse a fin de no admitirlos. En lugar de presentar a los incrédulos toda la doctrina formulada por los Espíritus y codificada por Allan Kardec, simplemente démosles a leer primero los trabajos de estos maestros que son: Robert Hare, Crookes, Wallace, Oxon, Zöllner, Aksakof, y entonces no podrán recusar los testimonios de estos grandes hombres que son, por diversas razones, eminencias intelectuales en el vasto campo de las ciencias. En efecto, no olvidemos que Crookes hizo dar a la física un paso de gigante con la demostración del estado radiante. Wallace es ciertamente, en la hora actual, el primer naturalista del mundo, puesto que ha encontrado y formulado, al mismo tiempo que Darwin, la ley de la evolución. Los trabajos de Zöllner en astronomía son conocidos universalmente. Los de Fechner, sobre la sensibilidad, son enseñados por todas partes; y en cuanto a los profesores Mapes y Robert Hare, ellos gozan en América de una autoridad indiscutida. Es tiempo de reaccionar contra los bonzos oficiales que tratan de ahogar las verdades nuevas, afectando una desdeñosa indiferencia. Más vale que tengamos respeto y admiración por la ciencia, sin tomar partido, por la que considera imparcialmente todos los fenómenos, los estudia y los explica fríamente, proporcionando buenas razones, mientras nos llenamos de indignación contra la falsa ciencia, rebelde a todas las novedades, encerrada en sus convicciones adquiridas, y creyendo orgullosamente haber tocado los límites del saber humano. Son estas especies, diríamos con Wallace, las que hicieron oposición a Galileo, a Harvey, a Jenner. Son estos tercos ridículos los que rechazaron las maravillosas pruebas de la teoría de las ondulaciones luminosas de Young; son los que se mofaron de Stephenson cuando quiso emplear locomotoras sobre las líneas férreas de Liverpool y Manchester. No tuvieron suficientes sarcasmos contra el alumbrado a gas, y rechazaron a Arago, en el seno mismo de la Academia, cuando él quiso discutir sobre el tema de la telegrafía eléctrica. ¿No fueron estos mismos seres ignaros quienes pretendieron que el magnetismo era sólo charlatanería y engaño, y que, aún recientemente, calificaban el descubrimiento del teléfono de patraña americana? No es por el vano placer de mostrar cuán sujeto al error está el espíritu humano, aun en las clases más esclarecidas, que hemos citado algunos de los ejemplos más sorprendentes de la terquedad de las instituciones doctas y de su horror por las novedades. Es para suscitar un movimiento serio en favor de estas investigaciones, que tienen un considerable alcance, tanto en el campo material como en el campo psíquico. Si realmente el alma no muere y puede actuar sobre la materia, nos encontramos en presencia de fuerzas desconocidas que es interesante estudiar; por eso mismo, nosotros evidenciamos formas nuevas de energía que pueden conducirnos a resultados grandiosos. Igualmente, la personalidad que se conserva después de la muerte nos coloca ante otro problema: el del pensamiento producido sin los órganos materiales del cerebro. Dejemos de lado lo rutinario, a la gente obstinadamente encerrada en sus sistemas, abramos muy grandes los ojos cuando hombres probos, sabios e imparciales nos hablen de descubrimientos recientes, y cerremos los oídos a los chismes de todos los eunucos del pensamiento, incapaces de salir del carril de las ideas preconcebidas. Digamos, con un erudito que no teme apartarse de los caminos superados, con Charles Richet, que una buena y completa experiencia vale cien observaciones, y nosotros añadiremos: vale diez mil negaciones, aun cuando éstas provengan de las eminencias más notorias, si estas eminencias no se han tomado el trabajo de repetir esos experimentos y demostrar su falsedad”.
En sus obras y en sus conferencias, Gabriel Delanne, desea poner ante los ojos del lector o del público, experimentos hechos por hombres eminentes, por maestros en ese arte tan difícil de la observación exacta, haciendo resaltar lo que esos trabajos tienen de convincente y de incontestable. Desea también que cada uno deduzca las consecuencias filosóficas que resultan de esas investigaciones, dando la prueba evidente de la inmortalidad del ser pensante. Invita a sus lectores o a sus oyentes a “desprenderse de los prejuicios vulgares y de las ideas preconcebidas, para considerar fríamente esta ciencia nueva, cuyos frutos serán tan importantes para la humanidad. Es en nombre del libre pensamiento que invitamos a los investigadores a ocuparse de nuestros trabajos, es con insistencia que les pedimos no rechazar sin examen estos hechos, tan nuevos y tan mal conocidos, y estamos persuadidos de que la luz iluminará sus ojos, como ha iluminado a los hombres de buena fe, que han querido estudiar este problema del más allá, tan sorprendente y tan misterioso antes de estos descubrimientos”.
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