DOCTOR GUSTAVE GELEY
LE JOURNAL SPIRITE N° 92 AVRIL 2013
DOSSIER EL IMPULSO DIVINO Y EL UNIVERSO
ESPÍRITU Y MATERIA
por COLOMBE JACQUIN
En los últimos decenios, el mundo científico ha hecho considerables descubrimientos que permiten identificar la materia, ya se trate de los elementos o de los organismos vivientes. Desde las partículas fundamentales, del átomo al quark, la física moderna ha puesto en evidencia la existencia de lo infinitamente pequeño. Sin embargo, respecto al origen de esta materia desde un punto de vista filosófico, no estamos muy alejados de los “granos indivisibles de materia” evocados por los antiguos griegos. ¿De dónde proviene la materia? ¿Cómo se mueven sus células? ¿No somos más que un aglomerado de células? ¿Hay una fuerza suprema que anima nuestros cuerpos físicos y todos los elementos de la creación, como ya parecen entrever ciertos investigadores y físicos? Este asunto ha preocupado a numerosos pensadores y filósofos, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Más allá de las corrientes religiosas que han basado sus creencias en dogmas y han admitido sin discusión
la existencia de un Dios organizador y rector de los destinos humanos, dos grandes corrientes filosóficas se han enfrentado respecto a la cuestión del espíritu y la materia: los monistas y los dualistas.
Para los primeros, el mundo no está constituido sino por una sola sustancia, llamada materia por los materialistas o espíritu por los espiritualistas. En cambio, para los dualistas los fenómenos mentales o psíquicos poseen características que escapan al campo de la ciencia física. Estas ideas aparecen en los escritos de Platón y Aristóteles, que afirman que la inteligencia del hombre y sus facultades mentales no pueden ser asimiladas ni explicadas por su cuerpo material. Esta corriente de pensamiento fue formalizada por René Descartes quien sostuvo la idea de un espíritu de naturaleza inmaterial, asimilado a la conciencia, lo cual lo distingue claramente del cerebro que, según él, no es sino el soporte de la inteligencia.
LAS TEORÍAS DE BERGSON
Henri Bergson, filósofo y gran pensador espiritualista contemporáneo, se opone a todos los positivistas y materialistas de fines del siglo XIX. En su obra Materia y memoria, trata la cuestión de la memoria poniendo de relieve las relaciones entre el cuerpo y el espíritu. Este libro fue escrito como respuesta al del filósofo y psicólogo Théodule Ribot Enfermedades de la memoria que, habiendo estudiado la psicología patológica, sostenía que estando el recuerdo alojado en una parte del cerebro, no era entonces más que materia. Bergson tiene una concepción dualista del ser: distingue realmente el alma y el cuerpo y se opone a esta reducción del espíritu a la materia. El espíritu existe por sí mismo, no es un producto de la actividad del cerebro y la verdadera memoria es profundamente espiritual. Lo que se puede explicar por el cerebro, es solamente la memoria motora. Distingue así dos formas de memoria: La memoria de costumbre: repasa el pasado y lo repite de manera automática. No es reconocido como pasado, pero utiliza la experiencia de la acción pasada para la acción presente. Es una memoria útil, inscrita en el cuerpo. Bergson toma el ejemplo de la lección aprendida de memoria: cuando aprendo una lección en verso, la recito de manera mecánica, sin pensar. Esta lección tiene cierta duración cuando la recito. Esa duración es regular. Esta memoria se puede comparar a una habilidad, o como su nombre lo indica, a la costumbre: “es la costumbre optimizada por la memoria más que la memoria misma”.
La memoria pura o memoria recuerdo: registra el pasado bajo la forma de “recuerdo-imagen”. Representa el pasado. El pasado es reconocido como pasado. Es de orden contemplativo y teórico, es gratuita. Es profundamente espiritual. Para Bergson esta es la verdadera memoria. Toma el ejemplo del recuerdo del aprendizaje de la lección aprendida de memoria. Es un hecho fechado que ya no puedo recrear. La memoria pura, o memoria recuerdo, permite saber que la lección ha sido aprendida en el pasado y que no es “innata”. El cuerpo no es más que un instrumento de acción; el cerebro tiene una función exclusivamente práctica, se conforma con orientar la memoria hacia la acción presente. Inserta los recuerdos en el presente con miras a la acción. Las lesiones del cerebro no menoscaban el recuerdo, ni la memoria. Perturban únicamente la función práctica del cerebro, que entonces ya no cumple más su tarea: los recuerdos están allí pero no pueden ser utilizados. Así lo demuestra él: “Si realmente los recuerdos fueran depositados en el cerebro, a los olvidos notorios corresponderían lesiones caracterizadas del cerebro. Ahora bien, en las amnesias donde, por ejemplo, todo un período de nuestra existencia pasada es brusca y radicalmente arrancada de la memoria, no se observa ninguna lesión cerebral precisa; y, por el contrario, en los desórdenes de la memoria donde la localización cerebral es clara y cierta, es decir en las diversas afasias y en las enfermedades de reconocimiento visual o auditivo, no son tales o cuales recuerdos determinados los que son como arrancados del lugar donde se ubicaban, es la facultad de recordar la que es más o menos disminuida en su vitalidad, como si al sujeto le costara más o menos trabajo poner sus recuerdos en contacto con la situación presente. Es, pues, el mecanismo de ese contacto lo que habría que estudiar, para ver si el papel del cerebro no sería más bien asegurar el funcionamiento, que retener en sus células los propios recuerdos. Y es por eso que, en todos los casos en que una lesión del cerebro afecta una cierta clase de recuerdos, los recuerdos afectados no se parecen, por ejemplo, en que son de la misma época o en que tienen un parentesco lógico entre ellos, sino simplemente en que son todos auditivos, o todos visuales, o todos motores. Lo que parece lesionado, son pues las diversas regiones sensoriales y motoras, o con mayor frecuencia aún, los anexos que permiten activarlas desde el interior mismo de la corteza, antes que los propios recuerdos. Se comprende entonces por qué el recuerdo no podría resultar de un estado cerebral. El estado cerebral conserva el recuerdo; lo conecta con el presente por la materialidad que le confiere, pero el recuerdo puro es una manifestación espiritual. Con la memoria, estamos verdaderamente en el campo del espíritu”. Las teorías de Bergson sobre la evolución creadora demuestran la existencia del impulso vital, principio inmanente que es vida, inteligencia, materia; principio que se inscribe en lo que él llama la permanencia, un enriquecimiento que no se detiene jamás, que es una perpetua aparición de novedades. Va así en contra de los principios de la evolución por selección natural de Darwin o de Lamarck que ven allí la influencia del medio. Al abrir nuevos horizontes espirituales rechaza las teorías materialistas o cientificistas. Para Bergson, hay un centro y ese centro, es Dios. La creación así concebida no es un misterio, el hombre evoluciona libremente dentro de las realizaciones que se encadenan recíprocamente sin plan preestablecido. Bergson basa su método filosófico en la intuición y no en el razonamiento científico. Para él, los grandes problemas filosóficos de la vida, de la naturaleza del ser y del Universo, de Dios y del destino, son extra científicos y su solución depende de la intuición.
EL DINAMISMO SUPERIOR SEGÚN GELEY
El doctor Gustave Geley abordará la cuestión de la creación y de la evolución, no ya desde un punto de vista filosófico, sino desde un punto de vista científico que trata de demostrar la existencia de un dínamo-psiquismo superior a partir del inconsciente, contrariamente a Bergson que no trata de la psicología inconsciente o subconsciente. En su obra Del inconsciente al consciente, refuta también las teorías clásicas respecto a la evolución, la creación de la vida y la constitución del individuo psíquico, comprobando que “ninguna de estas teorías es capaz de adaptarse a todos los hechos evolutivos, a todos los hechos fisiológicos y a todos los hechos psicológicos”. Respecto a la evolución de las especies, comprueba que “Lamarckismo y darwinismo son igualmente incapaces de dar una explicación general adaptable a todos los casos de aparición de especies. Las grandes transformaciones implican cambios radicales y, por así decirlo, inmediatos y no una acumulación de modificaciones mínimas y lentas”. Para él, el paso de la vida acuática a la vida terrestre y luego a la vida aérea, no puede ser considerado en absoluto como resultado de una adaptación. Para él, un ser es algo completamente distinto a un “complejo” de células. Su proceso es original, al contrario de los procedimientos vigentes. Él concentra su estudio en la fisiología llamada “supranormal” (inexplicable por el funcionamiento regular de los órganos humanos) considerando que, si uno puede explicarse y comprender fenómenos como la materialización y la desmaterialización, la explicación de fenómenos más simples, que él denomina fisiología normal (la creación de las especies animales o del hombre) será forzosamente deducida de allí. Estudió largamente las manifestaciones ectoplásmicas, habiendo participado él mismo durante un año y medio en sesiones con la médium Eva Carrière en su propio laboratorio. Habiendo estudiado muy de cerca los protocolos vigentes, diría: “No había posibilidad de fraude”. Después de puesto el sujeto en condición por un tiempo variable, sale una sustancia de los orificios naturales, con frecuencia la boca; esta sustancia es blanca la mayoría de las veces, pero puede ser gris o negra; la sustancia es móvil, sube y baja y se pasea sobre el médium lo más a menudo con movimientos reptantes. Dentro de esta sustancia se modelan manos, rostros, seres vivos cuyo corazón late y cuyo pulmón respira; los órganos así materializados no son inertes sino biológicamente vivos. Para Gustave Geley, este nacimiento del ectoplasma presenta analogías con el parto humano; hay gemidos, estertores y dolores como los de la parturienta. Durante todo el tiempo que dura la materialización, la formación está en relación fisiológica y psicológica con el médium. A veces hay un delgado cordón de sustancia que conecta la forma al médium y que puede compararse con el cordón umbilical que enlaza el feto a la madre; toda impresión recibida por el ectoplasma repercute en el médium y viceversa. Estas materializaciones de seres vivos han sido objeto de numerosas fotografías. Para Gustave Geley: “El ser viviente aparece ante todo como un dínamo-psiquismo y el complejo que constituye su cuerpo no aparece sino como un producto ideoplástico de ese dínamo-psiquismo; las formaciones materializadas en sesiones mediúmnicas no son, ni más ni menos milagrosas, ni más ni menos paranormales, o lo son igualmente si se quiere, este es el mismo milagro ideoplástico que forma a expensas del cuerpo material, las manos, el rostro o el organismo entero de una materialización”. Existe una sustancia única base substratum de la vida organizada, animada por un dinamismo organizador y superior. Ese mismo dinamismo superior obedece a una idea directriz que se encuentra en todas las creaciones biológicas, ya sean éstas normales o resultado de una materialización. Como la fisiología normal, la fisiología llamada supranormal tiene sus productos bienvenidos y sus productos abortados, sus “monstruosidades”. El paralelismo es completo. En los dos casos se trata de la ideoplastia, es decir, el modelado por la idea de la materia viviente. La idea o pensamiento no es o pues una dependencia, un producto de la materia, sino por el contrario, es ella la que modela la materia y le proporciona su forma y sus atributos. Fenómenos de ideoplastia del mismo orden, aunque más elementales que las materializaciones, se encuentran en la telequinesia (desplazamientos de objetos) o en las curaciones llamadas milagrosas vinculadas a la sugestión o la autosugestión. Así, las teorías que consisten en demostrar que el yo es producto del funcionamiento de los centros nerviosos del cerebro, no resisten la demostración. A veces, la privación de porciones verdaderamente enormes del cerebro en regiones que se consideran vitales, no son seguidas de ningún desorden psíquico grave ni de alguna restricción de la personalidad. Al contrario, no emerge a la conciencia más que una parte ínfima del ser: la influencia subconsciente es a veces soberana e imperativa. Constituye la inspiración, lo cual demuestra Gustave Geley en los fenómenos de criptopsiquia (conjunto de los fenómenos inconscientes) y de criptomnesia (memoria subconsciente de los acontecimientos). Así, todo lo que ha impresionado conscientemente nuestros sentidos, aun cuando no lo sepamos, es registrado de manera fiel e indeleble. Todo ocurre como si el estado psíquico que se denomina recuerdo, registrado por las células cerebrales y destinado a desaparecer con ellas, fuera registrado al mismo tiempo en algo permanente. Para él, el subconsciente sobresale por todas partes, desborda completamente el marco de las capacidades sensoriales. Está fuera del espacio y el tiempo. El psiquismo subconsciente superior explica lo innato, las capacidades no hereditarias, la inspiración, el talento o el genio. Camille Flammarion concluye también en la existencia de un dinamismo superior. En su libro Las fuerzas naturales desconocidas, escribe: “Estas manifestaciones confirman lo que sabemos, que la explicación puramente mecánica de la naturaleza es insuficiente y que hay en el Universo otra cosa además de la supuesta materia; no es la materia lo que rige el mundo, es un elemento dinámico y psíquico”.
LA INFORMACIÓN ESPÍRITA
En el origen de toda cosa y de toda creación, ya sea ésta mineral, vegetal, animal o humana, está Dios que está de manera intrínseca en cada una de sus criaturas. Fuerza amorosa todopoderosa y omnipresente que no tiene ni principio ni fin, Dios está en el corazón de todos los seres vivientes pues todo lo que vive es espíritu. Es una fuerza que crea permanentemente, así hay un comienzo de nuestras respectivas individualidades; todo ser humano es el resultado del divino pensamiento creador, el espíritu así creado tiene un comienzo pero no tendrá fin. El espíritu escapa a toda forma de materialidad; es una vibración, resultado del soplo divino, que sin embargo tiene una individualidad, una personalidad propia, creada de manera imperfecta, simple e ignorante. Para depurarse y evolucionar debe vivir numerosas experiencias encarnadas, y para hacerlo el espíritu creará su envoltura carnal, acompañada del elemento de semi-materia, el periespíritu, indispensable para penetrar esa misma materia. Así, la dinámica psíquica del espíritu establece ya su presencia a nivel de la célula. Cualquiera que sea la creación, mineral, vegetal, animal o humana, la materia organizada presenta en su proceso vital, en lo infinitamente pequeño, los síntomas de la inteligencia y de la dirección creadora. El núcleo de la célula contiene la historia de esa dirección creadora; la materia vitalizada es pues el resultado del soplo del espíritu dentro de un proceso espiritual que no cesa de repetirse en todos los Universos. La materia es el resultado de una acción pensada. Así, el espíritu Allan Kardec dijo en 1977: “El espíritu es una fuerza de la naturaleza. El limitado mundo de las ciencias lo olvida. Los evolucionistas terrenales han negado, en su mayoría, el fenómeno creativo. Sobre el origen de los seres y de las cosas, no han dado sino vagas explicaciones y de todos modos, explicaciones limitadas. En efecto, las formas más complejas, las más evolucionadas, siguen siendo para un Darwin, por ejemplo, el hecho de una simple adaptación mecánica al medio ambiente. En cuanto a la verdad, es completamente distinta, bastaba sin embargo pensar en ese órgano esencial del cuerpo que es el ojo humano. De naturaleza nerviosa, de naturaleza óptica, doble elemento para la construcción de un solo órgano complejo en cuanto a la naturaleza de estos elementos, de una naturaleza embriológica diferente, allí ya no hay adaptación al medio, hay creación inteligente del espíritu. No hay allí el resultado de mecanismos fortuitos, allí hay el pensamiento dirigido en la materia, el pensamiento organizador y creador, el pensamiento fuente de todo equilibrio, el pensamiento vida e impulso vital. Amigos, con sus explicaciones erróneas demasiados cientificistas han querido dar del espíritu una explicación de carácter material, afirmando que el pensamiento no era sino materia complicada. Más bien sería lo contrario lo que habría que decir, aunque para nosotros la materia no sea sino un estado inferior dentro del fenómeno creativo. La creación es movimiento, así la materia organizada no es sino el resultado de un movimiento creativo. A ese movimiento creativo, yo lo llamo espíritu. No obstante, en su impulso temporal se ha establecido el fenómeno creativo. La extensión espacial, o materia, es pues un estado determinado de la creación espiritual. Lo extenso o más exactamente la extensión es sólo la tensión, es decir la creación espiritual distendida. Amigos, es preciso concluir de ello que la materia, es ante todo el espíritu apagado”. El espíritu Paul Langevin precisa en un mensaje recibido en 1985: “El papel de los protones, los electrones y los quarks, es conducir la energía del fluido universal a los componentes de la materia. La materia, en su apariencia viviente y tangible, se subdivide según esos mismos elementos, que sin embargo no conocerían el movimiento, si no existiera el fluido vital y su fuente, el espíritu. Por consiguiente, cada partícula de materia está animada por el espíritu y si bien no se puede decir que el espíritu exista al nivel de estas partículas, puede decirse, sin embargo, que su proyección, que su emanencia, existen a nivel de cada célula. La materia inerte vive según este mismo principio. Sus moléculas de base son atravesadas por la energía del pensamiento, el físico no puede comprender totalmente el comportamiento vibratorio de los neutrones, protones, electrones y quarks si no admite en esos mismos elementos una presencia energética de naturaleza espiritual”.
En 1982, el espíritu Marie Curie deplora la actitud del mundo científico: “Las palabras de antaño siguen siendo las mismas de hoy. Estas palabras son las de una mujer que, en esta Tierra jamás señaló a través de la ciencia, y por suerte para ella, nada más que la pura verdad, habiendo sabido limitarse a un descubrimiento cualquiera. Para el momento presente, y para el físico de vuestro mundo, la verdad esencial es el deber de descubrir el espíritu a nivel de la materia, pues sin espíritu no puede existir el estado de coordinación real de la materia, pues sin espíritu no puede existir equilibrio. Por consiguiente no puede existir armonía y el carácter tangible de la materia llega a cuestionarse a sí mismo, pues para ambos, sin esta noción fundamental, el físico de los quanta no puede proclamar hoy la verdad fundamental de una estructura inteligente de la materia. Esta estructura inteligente de la materia lleva a esa misma materia a producir formaciones elaboradas en sus manifestaciones aparentes, tanto a nivel del microcosmos como a nivel del macrocosmos. Esa manifestación aparente en su singular armonía debe afrontar la propia conciencia del espíritu del físico y debe saberle indicar el camino de un cuestionamiento”.
Dejemos la palabra final al poeta Victor Hugo. Durante su exilio en la isla de Jersey, asistió a numerosas sesiones espíritas y, en 1982, da testimonio así de la naturaleza de algunas de esas manifestaciones: “El espíritu del viento, el espíritu del mar, el espíritu de la montaña, han venido a mí. Entonces he comprendido que nuestra naturaleza no es más que el resultado de una obra pensada. El viento viene a estrellarse sobre los acantilados, abrazando las olas gigantes, viene a estrellarse sobre los acantilados como los dedos de un escultor se imprimen en la greda y ese viento, como los dedos del maestro de escultura sólo pueden ser dirigidos por una conciencia. No hay pues un solo estado de la materia que no haya sido pensado. No hay pues una sola rama, un solo brote, una sola hierba, una sola flor abierta que no tenga su autor”.

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