Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.

miércoles, 1 de enero de 2020





DOSSIER LOS PIONEROS DEL ESPIRITISMO por JOCELYNE CHARLES 
LE JOURNAL SPIRITE N° 81 JUILLET 2010
CAMILLE FLAMMARION, ASTRÓNOMO Y ESPÍRITA

Camille Flammarion nació en 1842, en el burgo de Montigny le Roi, capital de cantón del departamento del Haute-Marne, en los límites de la meseta de Langres. Era el mayor de una familia de cuatro hijos de los cuales el segundo, Ernest sería el fundador de las Ediciones Flammarion. Sus padres tenían un pequeño comercio de géneros, mercería y objetos corrientes. Las dificultades financieras de la familia Flammarion, después de un mal negocio, obligaron a los padres a dejar la aldea natal para probar suerte en París. Como muchos niños de los medios rurales, Camille continuó su educación en el pequeño seminario de Langres. Niño curioso, dejaba vagabundear su imaginación hacia los fenómenos de la naturaleza; en 1856 se reunió con sus padres en París. Falto de medios y de apoyo, no pudo proseguir sus estudios y encontró entonces un primer empleo de aprendiz con un grabador cincelador donde aprendió dibujo, lo que luego le resultaría muy útil. Por la noche, seguía cursos gratuitos para obtener su bachillerato. Agotado, se enfermó. El médico, llamado a su cabecera, pronto quedó intrigado por aquel muchacho apasionado por la astronomía. En 1858, valiéndose de sus relaciones, permitió a Camille Flammarion, entonces de 16 años, ingresar como alumno astrónomo en el observatorio de París.

El astrónomo 

Fue un miembro muy activo de las muchas sociedades científicas y asociaciones para la vulgarización de la ciencia. Sus descubrimientos científicos lo colocaron, y todavía en el siglo XXI lo mantienen, en primera fila entre los divulgadores franceses. Puso al alcance del gran público cuestiones de astronomía, pero también de la atmósfera terrestre y del clima. En 1876, Flammarion observó el cambio de estaciones en las regiones oscuras de Marte. Entre 1876 y 1880, efectuó varios vuelos en globo para estudiar los fenómenos atmosféricos y en particular la electricidad atmosférica. En 1883 fundó el Observatorio de Juvisy-sur-Orge y en 1887, la Sociedad Astronómica de Francia de la que fue el primer presidente y cuyo boletín mensual dirigió. En 1892, publicó La Planète Mars et ses conditions d’habitabilité (El Planeta Marte y sus condiciones de habitabilidad) donde mostró, por medio de análisis y observaciones pormenorizadas, que el planeta Marte poseía canales y mares. Lanzó también la hipótesis de que el planeta rojo quizás estaba habitado. Igualmente incluyó allí todas las observaciones conocidas del planeta efectuadas desde 1636. Camille Flammarion estudió el impacto del Sol sobre las plantas lo mismo que el ciclo solar. Demostró que las manchas solares aparecían en el momento en que su actividad estaba al máximo. Recibió la Legión de Honor por sus trabajos de divulgación de la astronomía. Su nombre fue adjudicado a un cráter de la Luna. Fue también el primero en proponer los nombres de Tritón, luna de Neptuno, y de Amaltea, luna de Júpiter, nombres que no fueron adoptados oficialmente sino decenios más tarde.

Sus interrogantes 

Una de las primeras preguntas que lo intrigaba, en su infancia, era saber sobre qué descansaba la tierra y, si no descansaba sobre nada, por qué no se caía. Entre sus más antiguos recuerdos de infancia, figuraba la observación de dos eclipses de sol. Durante el segundo eclipse, el 28 de julio de 1851, se renovó la emoción sentida durante el primer fenómeno, aún con más intensidad, y no paró, los días que siguieron, hasta conseguir la explicación por parte de su maestro. El maestro de escuela encontró un libro de cosmografía que Camille Flammarion copió página por página. Supo entonces que la tierra giraba sobre sí misma y alrededor del sol y empezó a concebir que no podía caer. Se sentía profundamente emocionado y lleno de admiración, ante la idea de que los sabios pudieran calcular por adelantado la marcha de los astros en el cielo. Igualmente, el problema de la supervivencia del alma le preocupó desde su más tierna infancia. “Tenía siete años cuando me encontré en el camino seguido por un entierro. El ataúd era llevado por cuatro hombres sobre dos andas. Los parientes acompañaban el difunto con signos de profunda tristeza. Le pregunté a un compañero más grande que yo qué era aquello. —¡Es un muerto, claro! me contestó con aire muy tranquilo. Me informé un poco más, y me enteré de que era un hombre que había dejado de vivir, que se llevaba a la iglesia y luego al cementerio para enterrarlo. —Dejar de vivir, exclamé para mí mismo, eso no es posible. Y estupefacto agregué a mi compañero:  —¿Y yo también moriré? —Naturalmente —replicó—, todo el mundo muere.
—Eso no es verdad —repliqué a mi vez—, uno no debe morirse. Conjeturé durante varios días, varias semanas, varios meses. La convicción de que la muerte no existe ha seguido dominando mi espíritu”. (Memoria de un astrónomo) Para el joven alumno del Observatorio, la ciencia del Universo no podía consistir en columnas de logaritmos, y los mundos no eran puntos inertes suspendidos en el espacio, eran focos de luz, de calor y de vida a ser estudiados. Ahora bien, no parecía que se soñara. Lo que más le asombraba, era ver a su alrededor buenos muchachos que practicaban la astronomía como hubieran hecho con una abacería, sin interesarse por todos los serios problemas tan profundamente asociados a la sublime ciencia del infinito y la eternidad. No se explicaba que los trabajos del Observatorio fueran, por así decirlo, puramente administrativos. Sin embargo, al lado de la admirable astronomía matemática, al lado de la mecánica celeste, había lugar para una investigación más ideal, más poética, más viva. En sus conversaciones no encontraba ningún eco a sus inquietudes astronómicas y filosóficas. “A veces me decía que bien podría ser que nuestro deseo de inmortalidad fuera sólo una ilusión, y que nuestra muerte nos destruyera totalmente, lo que ocurriría si el alma no existiera y si la facultad de pensar fuera sólo una propiedad del cerebro; pero esa idea de la nada no me satisfacía del todo, me parecía en contradicción con el hecho de que el Universo no es un sistema material inerte, sino un dinamismo inteligentemente ordenado, con el espíritu por principio”. (Memoria de un astrónomo) Debido a sus estudios y sus reflexiones, Camille Flammarion progresivamente dejó de creer en lo que constituía el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia.

Sus obras 

Es autor de unas cincuenta obras científicas y de vulgarización científica, astronomía y fenómenos naturales, así como novelas.
Algunas obras filosóficas un primer libro, impreso en 1861, La Pluralité des Mondes habités (La Pluralidad de los Mundos habitados) es un estudio donde expone las condiciones de habitabilidad de los planetas del sistema solar, dicho de otro modo, la eventual presencia de vida en esos planetas. Esa obra fue un verdadero éxito entre el gran público, al cual estaba destinado esencialmente, pero no sería reconocido dentro de la profesión. Luego de esa publicación, Flammarion hasta fue despedido del Observatorio de París, por su director. Su segundo libro, complemento del primero, publicado en 1865, Les mondes imaginaires et les mondes réels (Los mundos imaginarios y los mundos reales) es un viaje pintoresco por el cielo y una revista crítica a las teorías humanas, científicas y novelescas, antiguas y modernas, sobre los habitantes de los astros. Su libro Dieu dans la nature ou le matérialisme et le spiritualisme devant la science moderne (Dios en la naturaleza o el materialismo y el espiritualismo ante la ciencia moderna) publicado en 1867, es un estudio sobre la fuerza y la materia, la vida, el alma, el destino, las circunstancias y las cosas, las diferentes ideas sobre Dios según los hombres, etc. Este estudio se convirtió en el mayor argumento contra el materialismo científico.

El espiritismo

Su atracción por las grandes cuestiones espirituales, su gusto ecléctico por el estudio de las otras religiones (desde su adolescencia se interesó por el budismo) llevó muy pronto a Camille Flammarion a interesarse por el espiritismo. En 1861, todos los días pasaba cerca del Odeón para volver al domicilio de sus padres que vivían en el centro de París y, como todos los aficionados a los libros, se detenía en las galerías del teatro para hojear las publicaciones. Abrió una de ellas y sus ojos cayeron sobre una página que llevaba por título: Pluralidad de los mundos en la que la vida futura y los otros mundos eran descritos virtualmente por los espíritus que los conocían. Miró el título del volumen y leyó: El Libro de los Espíritus por Allan Kardec. El capítulo que le interesaba estaba presentado como “dictado por los Espíritus”. Ese enigma no podía menos que intrigar a aquel estudiante de 19 años. Lo compró, lo leyó con avidez y deseando enterarse de los hechos expuestos, entró enseguida en relación con el autor quien le inscribió (el 15 de noviembre de 1861) en su sociedad parisién de estudios espíritas. Asistía a las reuniones semanales donde se ejercían diversas formas de mediumnidad. En esas sesiones, se podía ver una mesa de comedor levantarse completamente, o ser golpeada sin causa aparente por golpes sonoros y rimados según diferentes aires; también se recibían, por el mismo procedimiento de golpecitos, dictados sobre diferentes asuntos que no podían explicarse por actos voluntarios de las personas presentes. Probó él mismo y, de semana en semana, escribió, en una semi-conciencia muchas disertaciones astronómicas firmadas Galileo que Allan Kardec publicaría más tarde en su libro La Génesis. Ese nuevo mundo le intrigó y hasta redactó las actas de las sesiones en dos pequeños folletos. Durante varios años, siguió con el mayor interés todas estas experiencias. Estudiaba esos fenómenos como estudiaba las matemáticas, presintiendo un vínculo entre la astronomía y el espiritismo. “En mi ávida necesidad de conocer, me había lanzado con ardor, como tantos otros en otras partes, a la exploración de esta nueva vía que parecía abierta hacia la solución del gran problema;  desgraciadamente, aquí tampoco nos es dada esa solución. Aplaudo todos los esfuerzos hechos para descubrir la verdad. La conclusión es, sin contradecir, que existe un mundo psíquico y que el ser humano está dotado de facultades desconocidas”.  (Memoria de un astrónomo)

El espiritismo será científico

El 31 de marzo de 1869 murió Allan Kardec y el Comité de la Sociedad Espírita le pidió a Camille Flammarion presidir las exequias civiles y pronunciar un discurso. Él no admitía que el espiritismo pudiera ser la base de una religión antes de que los fenómenos fueran demostrados y explicados científicamente. Sin embargo, atendió la invitación. Ante el ataúd del fundador, tenía que establecer el valor fundamental del carácter científico que debía darse al estudio del espiritismo. Pronunció un discurso y declaró: “Pues, señores, el espiritismo no es una religión, sino una ciencia de la que apenas conocemos el abc… Asistimos a la aurora de una ciencia desconocida…  La ciencia nos abre visiones sobre fenómenos de la vida y la muerte y sobre la fuerza que nos anima…  ¿En qué consiste el misterio de la vida? ¿Por qué lazo está atada el alma al organismo? ¿Por qué desenlace escapa? ¿Bajo qué forma y en qué condiciones existe después de la muerte? ¿Cuáles recuerdos, cuáles afectos guarda? Es allí, señores, donde hay tantos problemas que están lejos de ser resueltos y cuyo conjunto constituirá la ciencia psicológica del porvenir”. El Comité le ofreció suceder a Allan Kardec como presidente de la Sociedad Espírita, presidencia que rechazó pues, para él, la mayoría de los espíritas de la época rechazaba el análisis científico. Tomó distancia del espiritismo. Se volvió periodista científico y conferencista en la Asociación Politécnica de París. Quería ser un científico reconocido y sabía también que una notoriedad demasiado grande en el mundo del espiritismo podría causarle perjuicios en el medio científico que frecuentaba. Su alejamiento del espiritismo duró casi 25 años, no obstante siguió leyendo y clasificando las obras que tratan del tema. Permaneció abonado a La Revue Spirite, declaró rechazar al espiritismo como religión, pero quería dedicarse al estudio experimental del fenómeno.

El estudio experimental del espiritismo

Llegado a la edad de 50 años, era ante todo un humanista que sólo tenía un único objetivo: hacer accesibles a todos las maravillas de la ciencia y de la astronomía para instruir a las masas. Tenía una aguda conciencia del funcionamiento de la sociedad y no siempre estaba satisfecho, pues afirmaba tener una naturaleza incompatible con los establecimientos institucionales; lo cual le había llevado a instruirse solo, sin pasar por las vías oficiales. Fue con ese mismo ánimo que iba a estudiar el espiritismo en su aspecto científico. En 1898, tenía 56 años. En ese fin de siglo, el movimiento espírita conocía un inmenso éxito en todos los medios. Él sabía que su reputación de científico estaba establecida. Era conocido internacionalmente y era respetado; sus rentas estaban aseguradas. Podría, pues, dedicarse al espiritismo que, por otra parte, nunca había abandonado realmente. Para ello, organizó centenares de sesiones con numerosos médiums a fin de poner en evidencia la realidad de las manifestaciones inteligentes de los espíritus.

Las investigaciones

En 1899, publicó regularmente artículos en Phénomènes psychiques et l’inconnu (Fenómenos psíquicos y lo desconocido). Lanzó también una gran encuesta en Annales politiques et littéraires (Anales políticos y literarios) del 19-031899, donde pedía a los lectores responder con sí o no a dos preguntas. “Se trata aquí sobre todo de un testimonio estadístico, para darnos cuenta, también nosotros, como se ha hecho en Inglaterra, de la proporción real de esos fenómenos psíquicos. 1) ¿Le ha ocurrido, alguna vez experimentar, estando despierto, la impresión clara de ver a un ser humano o de oírlo, o de ser tocado por él, sin que pueda relacionar esa impresión con ninguna causa conocida? 2) ¿Ha coincidido esa impresión con una muerte? En el caso de una respuesta afirmativa a la primera pregunta, se ruega al lector hacer de ello un relato tan preciso como sea posible”. A esta encuesta, una de las primeras del género, Flammarion recibió 4.280 respuestas: 2.456 no y 1.824 sí. Pero por deseo de autenticidad, sólo conservó 786 de las 1.824 sí. Era ya una cifra considerable que le permitió culminar una clasificación tipológica de los fenómenos inexplicados.

Estudio de la mediumnidad

Quería elaborar un método para estudiar la mediumnidad, porque pensaba que “la no reproducibilidad de un fenómeno no debería ser considerada como una prueba de inexistencia: en ese caso se estaría obligado entonces a negar la realidad del rayo o de los meteoros”. Se concentró entonces en la observación y acumulación de pruebas, para construir las teorías. Se dedicó también a la investigación de eventuales fraudes, pues para él eso era muy importante: existían y quería denunciarlos y combatirlos, para no manchar la realidad científica espírita. Tomó parte en sesiones de desplazamiento de objetos y de aparición de ectoplasma de las cuales las más célebres fueron las de Eusapia Paladino. La había invitado a Juvisy, para realizar un estudio experimental. Lo emprendió con el Dr. Charles Richet. Y allí, Camille Flammarion se valió de toda su severidad, de todo su rigor de científico en la observación de los fenómenos, para demostrar la manifestación de fuerzas inteligentes, es decir de los espíritus. Como científico riguroso, practicó una estrecha vigilancia del médium, ayudándose, la mayoría de las veces, con la fotografía para evitar fraudes. Concienzudamente, reunió y clasificó sus experiencias, hizo dar testimonio de los hechos por medio de actas. Para evitar malentendidos, participó en otras experiencias con otros médiums. Se interesó por los trabajos del inglés William Crookes que trabajaba con los médiums Daniel Dunglas Home y Florence Cook. Su obra de 1867, Les Forces naturelles inconnues (Las Fuerzas naturales desconocidas) a propósito de los fenómenos producidos por los hermanos Davenport y por los médiums en general, establece la existencia de estas fuerzas físicas y psíquicas desconocidas.

Los hechos espíritas

En 1900, publicó el conjunto de sus experiencias en su obra: L’inconnu et les problèmes psychiques (Lo desconocido y los problemas psíquicos) abordando las manifestaciones de moribundos, las apariciones, la telepatía, las comunicaciones psíquicas, la sugestión mental, la visión a distancia, el mundo de los sueños y la adivinación del porvenir. Demostró la realidad de los hechos espíritas de modo que era imposible negarlos: “Existe en el cosmos un elemento dinámico invisible e imponderable, extendido a través del Universo, independiente de la materia visible y ponderable, y que actúa sobre ella. Y en ese elemento dinámico, hay una inteligencia superior a la nuestra”. Luchó incansablemente contra los eruditos que rechazaban sus estudios. Su argumento era: “Quedan todavía en la naturaleza vastas zonas inexploradas”  lo cual era una realidad en ese comienzo del siglo XX.
La supervivencia del alma Se interesó cada vez más por la muerte, y se dedicó al estudio de la supervivencia del alma. Analizó minuciosamente 180 manifestaciones telepáticas de moribundos que verificó una por una, estudió la transmisión de pensamiento, la sugestión mental, las comunicaciones a distancia entre vivos, los sueños psíquicos, las manifestaciones de moribundos durante el sueño y los sueños premonitorios. Quería determinar si el alma existía como entidad independiente del cuerpo y si sobrevivía a la muerte. Su reflexión le llevó a deducir que la telepatía, facultad del alma, comprobada por él mismo y por numerosos investigadores, permanecía activa después de la muerte, de allí la posibilidad de que un desencarnado se comunicara con los vivos. Entre 1920 y 1922, publicó su trilogía La mort et son mystère: Avant la mort,  Autour de la  mort, Après la mort (La muerte y su misterio: Antes de la muerte, En torno a la muerte, Después de la muerte) En La muerte y su misterio, analizó con la objetividad de un espíritu científico cientos de casos y se interrogó sobre la existencia del alma. En la obra Después de la muerte, el autor examinó testimonios que relatan el regreso de los muertos entre los vivos, inmediatamente después de su defunción, o mucho tiempo después. Camille Flammarion afirmaba que la muerte no es la muerte, que ella se abre sobre otra vida, siendo el alma indestructible. Sus obras reconfortaron mucho a las personas tocadas por las desdichas de la primera guerra mundial y la pérdida de seres queridos. En 1923, publicó Les maisons hantées (Las casas encantadas). Ese libro era un complemento de los precedentes. Era una compilación de fenómenos de obsesión, rigurosamente certificados por las investigaciones policíacas y científicas. El autor clasificó numerosos testimonios, seleccionando los más serios y auténticos.

Sus conclusiones 

Sesenta años de observaciones intermitentes, pero seguidas con bastante regularidad, de estos fenómenos, lo llevaron a las siguientes deducciones que le parecían tan inatacables como las verdades astronómicas: “El ser humano está dotado de facultades todavía desconocidas para la ciencia, que se manifiestan especialmente por las transmisiones telepáticas, la visión a distancia sin los ojos y la vista de eventos por venir. Estas facultades psíquicas formarán uno de los capítulos más importantes de la ciencia futura. No son una producción del cerebro; son esencialmente intelectuales, pertenecen al espíritu. Hay dobles de vivos. El pensamiento es productor de imágenes. Corrientes psíquicas parecen atravesar la atmósfera. Vivimos dentro de un mundo invisible. Las facultades de las almas humanas sobreviven a la disgregación del organismo corporal. En el momento de la muerte, estas facultades trascendentales se manifiestan por cierto número de acciones diversas, unas de transmisión mental, otras de producción de fenómenos físicos. El paso de la vida a la muerte es señalado a lo lejos, ya sea, que es lo más frecuente, por ruidos y movimientos materiales, o por emociones del alma. Hay manifestaciones de muerte y hasta apariciones cuya forma de producción está por determinarse. Hay casas encantadas. Las manifestaciones de difuntos son raras y excepcionales, y tanto más raras cuanto más se aleja de la muerte. A pesar de su rareza, un estricto examen no deja ninguna duda sobre su realidad. La telepatía existe entre los muertos y los vivos así como entre los vivos…  Me parece, mis caros colegas, que estas diversas afirmaciones, establecidas sobre un largo estudio, deben ser admitidas como científicamente fundadas y dignas de ser asociadas a los conocimientos astronómicos contemporáneos”. (Discurso de Camille Flammarion como presidente de la Sociedad Psíquica de Londres, en 1923)

La astronomía es el poema de la vida

En 1925, Camille Flammarion, el enamorado del cielo, murió a la edad de 83 años. Fue un hombre fuera de lo común. Escritor, vulgarizador de la ciencia de los astros, apasionado por el movimiento espírita, su objetivo era comunicar su inmenso saber, así como su entusiasmo, al mayor número de personas. Las investigaciones sobre la naturaleza y el destino del alma humana siempre le parecieron directamente asociadas al conocimiento astronómico. “Mi programa, como se ve, tenía un doble carácter: enseñar, por una parte, que la astronomía es la demostración de la vida universal y eterna, y por otra parte dar a conocer las verdades astronómicas fundamentales, sin cuyo conocimiento la humanidad no podría comprender esta demostración de la vida sin fin dentro de la inmensidad del universo… Muchas personas han expresado su asombro al ver a un astrónomo preocupado por cuestiones que parecerían ajenas a la astronomía, cuando esa ciencia es tan vasta por sí sola que es imposible abarcarla. Sin embargo, la explicación es simple, la astronomía sin la filosofía estaría incompleta. El tiempo, el espacio, la vida de un planeta, de una humanidad, eso es la astronomía… El hombre es un átomo pensante en el seno del infinito y la eternidad, vive en la Tierra entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Los últimos descubrimientos astronómicos son más elocuentes que todos los poemas…  La astronomía, es el poema de la vida”. (Memoria de un astrónomo y Discurso de Camille Flammarion como presidente de la Sociedad Psíquica de Londres)

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