Este es un punto de reunión virtual de estudiosos del Espiritismo codificado por el Maestro Allan Kardec, pero, enmarcado dentro del contexto paradigmático actual, como sistema filosófico racionalista y librepensador ajeno a todo misticismo religioso.

jueves, 9 de enero de 2020








DOSSIER LOS PIONEROS DEL ESPIRITISMO par VÉRONIQUE PILATO & ETIENNE BERTHAUT HENRI REGNAULT Y EL SECRETO DE LA PERFECTA FELICIDAD
LE JOURNAL SPIRITE N° 81 JUILLET 201


 «La principal consecuencia del conocimiento y la práctica del espiritismo es dar a su adepto la más completa felicidad terrenal» H. Regnault
Henri Regnault fue un ardiente defensor del espiritismo en la primera mitad del siglo XX. Desgraciadamente hay pocos textos disponibles para conocer al hombre y el espírita. No obstante, algunos de los libros que dejó a la posteridad, en testimonio de su difusión y de su militancia, permiten comprender mejor su pensamiento y la contribución que aportó a la causa espírita. Gracias a su actuación personal, en la época tormentosa en la cual vivió, puso en evidencia la felicidade, la dicha y las alegrías que el espiritismo era capaz de aportar a una humanidad perdida en el orgullo y el egoísmo, y que se había desgarrado a través de dos guerras mundiales.

Un comienzo de vida muy difícil
 Henri Regnault nació en París en 1886. Huérfano de padre a los seis meses y de madre a los nueve años, fue educado en la religión católica. Afirmaba que perdió la fe durante el año de bachillerato que pasó en filosofía. Se volvió materialista, se decía “nihilista”: no creía en nada, considerando la consecuencia de la muerte como una nada absoluta. Hasta preparó una novela contra el espiritismo… Sin familia y sin guía para acompañarlo, su vida fue muy difícil. Entre sufrimientos morales y sufrimientos físicos, de sufrimientos sentimentales a sufrimientos materiales, en dos oportunidades intentó suicidarse, la última tentativa en 1911. Para 1913 era periodista y un amigo le hizo descubrir un medio “donde se ocupan de cosas extrañas”. Mal informado, no llegó muy lejos, considerando todo eso como “errores y pamplinas”. Estalla la primera guerra mundial. Fue sólo en abril de 1915 cuando comenzó a re-estudiar el espiritismo a través de otro amigo, el almirante de Abnour. Convertido en piloto de la aviación militar, fue herido el 1º de mayo de 1916 cuando cayó su avión. Soportando los peores dolores físicos, su inmovilidad forzada de más de cuatro meses le permitió profundizar el tema en su cama de hospital. Esta gran prueba de la que conservó secuelas por un “grave decaimiento físico”, le reveló su alma de apóstol y sus lecturas le aportaron la energía necesaria para saber luchar contra todas las dificultades. “La vida nos es prestada para permitirnos vencerla, y uno sólo puede hacerlo cuando sabe por qué nos es prestada” afirmaría entonces. Fue el comienzo de su compromiso con el espiritismo del cual nunca se apartaría. Un encuentro con un anciano de la Escuela Central, autor de numerosos libros, le dio la oportunidad de perfeccionar su instrucción y de ser guiado por preciosos consejos: se trataba de Gabriel Delanne. Desde entonces, comprendió hasta qué punto “el espiritismo por su sencillez, por su lenguaje claro y preciso, por los hechos reales que forman su base, se dirige a todos los seres humanos, cualesquiera que sean su cultura, su ignorancia, su medio social o su nacionalidad”. Gracias a su experiencia personal, publicó un estudio que tituló Le Bonheur existe (La Felicidad existe) y el 2 de febrero de 1919, dictó su primera conferencia pública sobre el tema: “La base de la felicidad y la verdadera forma de ser feliz”. En principio su línea de conducta estaba trazada y esta temática de la felicidad por el espiritismo se convertiría en la piedra angular de su compromiso con la causa, tratando sin cesar de enseñar a la gente que él creía en los beneficios de la filosofía espírita.

Un espírita convencido, comprometido y activo

Entre las dos guerras, ejerció alternativamente los oficios de delegado de laboratorio médico y de periodista como director de L’Etoile, un “órgano republicano de acción social renovadora” que se presentaba como periódico “político, filosófico, literario y financiero”. En la segunda mitad de los años 1920, agregó un cierto compromiso político pues se presentó varias veces y con algún éxito a las elecciones municipales de París como candidato republicano socialista independiente bajo la égida del “Comité Republicano de Bercy” para el barrio donde residía. Durante esa vida profesional activa, se esforzó entonces por servir y difundir la idea espírita tanto de palabra como por escrito. En febrero de 1935, renunció a la vicepresidencia (y a la membrecía junto con Claire, su esposa, igualmente espírita convencida) del comité de la Société Française d’Etudes des Phénomènes Psychiques. En efecto, se oponía firmemente al ejercicio rentable de la mediumnidad, considerando que todas las veces que hay intervención de espíritus, está absolutamente prohibido monetizar sus dones. No obstante mantuvo la difusión y su participación activa a los trabajos del grupo. Durante todo el período de la segunda guerra mundial y la posguerra, fue vicepresidente de la Union Spirite Française (USF). Su esposa, Claire, también participó activamente en las actividades espíritas pues por muchos años fue la bibliotecaria. Miembros ambos de la sociedad espírita, tenían en su casa en la Casa de los Espíritas perteneciente a la USF (10 Calle Léon Delhomme - París 15) tres a cuatro reuniones semanales que incluían “charlas sobre el espiritismo o el ocultismo y experiencias”. Durante ese período de la inmediata posguerra, de reconstrucción tanto material como espiritual, participó en varios congresos espíritas mundiales a título de secretario general por Francia, favoreciendo los intercambios con la Union Spirite Belge (conferencias, deseo de una sociedad espírita franco-belga, etc.) tratando siempre de reunir las fuerzas vivas del espiritismo. En el Congreso Espiritualista Mundial de 1946 en Bruselas, defendió e hizo adoptar la “Carta Universal de la Humanidad” que, a través de temas tales como la religión, la filosofía, la ciencia, la educación o el arte, definen los grandes principios de espiritualidad que emanan directamente del espiritismo en su expresión para una sociedad espírita fraternal y pacífica. También en esos años, aparecieron ciertas disensiones y luchas de poder dentro de las diversas sociedades espíritas vinculadas con la USF. En esa oportunidad fue objeto de muchas calumnias que buscaban desestabilizarlos a su esposa y a él. Se criticaron sus métodos de difusión, acusándolo, por ejemplo, de “pasear de gorra” con los médiums a quienes acompañaba durante sus numerosos desplazamientos por la provincia para dar las conferencias. Arrendatarios del apartamento situado en la Casa de Espíritas, los esposos Regnault fueron objeto de una “reputación deplorable”, ¡suponiéndoles de aprovecharse, también allí, de los bienes de la USF! Por el contrario, H. Regnault siempre fue un hombre íntegro y leal, dotado de grandes cualidades morales, dando sin medida de sí mismo y de su tiempo. Contrario por ejemplo, a la idea de retribuir a los conferencistas de la USF fuera de los gastos de exoneración, defendió siempre una forma de voluntariado en la difusión espírita de la época. Debido a sus problemas de salud así como a los de su esposa, estuvo un poco menos presente en los últimos años de su vida. Falleció el 1º de octubre de 1955 a la edad de 69 años luego de haber sufrido mucho tiempo, reuniéndose con su esposa desaparecida siete meses antes a consecuencia de una larga y dolorosa enfermedad. Está enterrado en el cementerio de Thiais en la región parisiense.

Militante de la primera hora

Propagador implacable de la causa, su trabajo se centró también en la necesidad de difundir el espiritismo, el término “propaganda” era utilizado entonces con frecuencia antes de que adquiriera una connotación negativa bajo las dictaduras extremistas (Hitler, Vichy, Stalin…). Participando activamente en los órganos de difusión escrita de la USF (revistas Survie y La Tribune Psychique) fue también autor de una docena de libros de los cuales los más conocidos son: Seul le Spiritisme peut rénover le Monde (Sólo el Espiritismo puede renovar el Mundo) (1920), La Réalité Spirite (La Realidad Espírita) (1921), La Médiumnité à Incarnations (La Mediumnidad en las Encarnaciones), Les Vivants et les Morts (Los Vivos y los Muertos) (1922), Tu revivras (Revivirás) (1926), La Mort n’est pas (La Muerte no existe) (1928), Le Secret du Bonheur Parfait (El Secreto de la Perfecta Felicidad) (1944), Preuves de la Réalité Spirite (Pruebas de la Realidad Espírita) (1948) y Comment faire tourner les Tables (Cómo hacer girar las Mesas) (1948). Algunas de las cuales fueron prologadas por Gabriel Delanne, Paul Bodier y Edouard Schuré. Escribió también, en 1929, en colaboración con Bodier, una biografía de Gabriel Delanne Gabriel Delanne: sa vie, son apostolat, son œuvre (Gabriel Delanne: su vida, su apostolado, su obra). Su libro Léon Denis et l’Expérience Spirite (Léon Denis y la experiencia Espírita) (1928) mostraría su apego al hombre al que consideraba como un maestro —al igual que Delanne, tratando de poner en evidencia cómo Léon Denis había adquirido personalmente la prueba de la realidad de sus afirmaciones.

En materia de difusión, da en sus textos algunos medios sobre la forma de actuar, poniendo en práctica consejos que a menudo le han sido favorables: “En primer lugar valerse de todas las ocasiones para hablar de nuestra ciencia enseñando lo que realmente es. Luego, aun cuando la ocasión no se presente, es fácil poner en su correo octavillas espíritas… Yo hago los mayores esfuerzos por propagar nuestra ciencia en la masa. Para poder penetrar en todos los medios con mis conferencias, no he dudado en hacer propaganda por la acción, es decir sembrando por todas partes las semillas espíritas, esos prospectos con los que anuncio mis conferencias”. (Pruebas de la Realidad Espírita). Como su oficio le invitaba a viajar mucho, aseguró así en total más de 2.000 conferencias públicas con debates polémicos en Francia y el extranjero. Gran orador, avezado a todos los debates, personaje discreto pero siempre empeñado en la tarea de difusión, armado de un sólido sentido común y de una fe inquebrantable, divulgó en todas las oportunidades hasta el ocaso de su vida las convicciones a las cuales se había adherido plenamente. Ardiente partidario de la necesidad de reagrupar a todos los espiritualistas del mundo, no ahorró esfuerzos en ese sentido y cumplió múltiples gestiones para probar la posibilidad de esa vasta unión a ser realizada, suerte de coalición moral, de fuerza invencible que permitiría la victoria de las ideas sanas, nobles y justas del espiritismo, sobre el materialismo, el egoísmo y el orgullo.

El secreto de la perfecta felicidad

 «Si yo soy feliz, tengo el deber de dar a conocer al prójimo mis medios de felicidad, nunca he tenido más razón en aplicar este sabio precepto de Séneca: «Todo gozo que no es compartido pierde su dulzura». Desde que comencé una activa propaganda para dar a conocer a las masas lo que es exactamente el espiritismo, he tenido la gran satisfacción de devolver a algunos las posibilidades de felicidad que para ellos parecían escapadas para siempre. En el momento de entregar mi trabajo a la apreciación del público, deseo de todo corazón que sirva a veces de faro a aquellos que, arrastrados por el huracán y la tempestad sobre el endeble esquife de su soplo terrenal, estarían propensos al desaliento y hasta al naufragio si no vieran brillar a lo lejos el mágico resplandor que el espiritismo proyecta sobre nuestro planeta.» (La Muerte no existe). En toda la obra de Regnault, tal parece ser el vector principal de su conducta: alentado por su propia experiencia personal, siempre trató de poner en evidencia las consecuencias sociales y morales del espiritismo para el beneficio de sus semejantes. Tal como fue en él, motor del trabajo tenaz de difusión y agrupación de las fuerzas vivas del espiritismo, esa dialéctica de la felicidad se encuentra también en otros autores y militantes espíritas desde el comienzo del siglo XX, como Léon Denis, que veía en el espiritismo el camino de salvación de una humanidad en desamparo. Los portadores de la antorcha del romanticismo del siglo XIX, que habían soñado con una sociedad fraternal y universal, fueron decepcionados y entregaron al siglo veinte sus esperanzas rotas. ¡Se sabe que éste fue peor, pero confirmó la idea de un cierto ideal, que mezclabauna forma de lirismo romántico que hacía decir sinceramente a los que lo propagaban que los cambios estaban cerca! En las horas más terribles y sangrientas de la historia, en los momentos más angustiosos de las crisis sociales y económicas, había efectivamente una esperanza inmensa y verdadera de que el espiritismo, universalmente difundido, permitiría poner fin a las tormentas que amenazaban al mundo. Se hablaba entonces en estos términos: “era de triunfo, obra que se cumple”, “revolución moral”, “días resplandecientes de paz verdadera y de inmensa felicidad”, etc. Propagador apasionado y entusiasta de esta filosofía de la felicidad para el bienestar de la humanidad, el espiritismo debe a Henri Regnault esta dinámica solidaria, humanista y altruista, dentro de una aplicación moral y social concreta. Su estilo, su elocuencia, su persuasión con palabras simples y convincentes, hacen de él uno de los últimos —quizás el último, después de la guerra, en portar esa llama que le habían transmitido Léon Denis, Gabriel Delanne y Camille Flammarion, dignos sucesores del ideal espírita iniciado por Allan Kardec: «El mejor medio de espiritualizar la humanidad es mostrarle los hechos que forman la base del espiritismo. Gracias a nuestra ciencia, igualmente filosofía, la masa comprenderá el porqué de la vida, la ciencia y la religión se fusionarán. La fraternidad y la bondad volverán a ser las dueñas del mundo, y los peligros de conflictos sangrientos entre naciones serán descartados. Siempre serán posibles las discusiones, pero se arreglarán pacíficamente. Para que eso suceda más pronto, es preciso propagar el espiritismo al máximo posible”. (Pruebas de la Realidad Espírita). O también: “En mi opinión, solamente el espiritismo puede tener una influencia real en la masa, puede ayudar los hombres a comprender el objetivo de la vida. Es simple, aconseja realizar el equilibrio del cuerpo y el alma, no obliga a sus adeptos a privaciones, no aconseja llevar una existencia de asceta, permite gozar de todas las alegrías terrenales. No hay mejor medio de consolar realmente a los que sufren física, material y moralmente. Bajo esta relación, ninguna ciencia, ninguna filosofía, ninguna doctrina, ninguna religión podría rivalizar con el espiritismo. Él es, yo soy la prueba, el mejor medio práctico de felicidad terrenal» (El Secreto de la Perfecta Felicidad).

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